ŢVienen artículos de P12 y de Clarín
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SUPLEMENTO ESPECIAL: LOS INTERROGANTES SOBRE LA POLITICA DE LA CASA BLANCA (Clarin)

Nuevas dudas en el imperio
Un año después de los atentados, no es claro si la fuerza militar es la respuesta justa contra el terrorismo, tal como cree Bush. Hay espacio para dudar de la efectividad de esa estrategia.
Análisis: Oscar Raúl Cardoso. DE LA REDACCION DE CLARIN.
A la hora del análisis, el primer aniversario de los ataques terroristas del pasado 11 de septiembre es, sin duda, una dificultad intelectual. La fecha gatilla, casi fuerza, la reflexión aun cuando el lapso resulta insuficiente para entender el impacto real, tanto en el interior de EE.UU. como en la escena internacional, de lo sucedido en aquel día del 2001.
Es imposible hasta definir si pensamos la realidad en modos fundamentalmente distintos de lo que lo hacíamos antes de aquella fecha, como lo apuntó el historiador Eric Foner de la Universidad de Columbia en un reciente ensayo. "Muchos años pasarán ˇescribió Fonerˇ antes de que podamos evaluar cómo nuestro modo de pensar la historia ha cambiado como resultado del 11 de septiembre". Y, se sabe, pensar la historia es siempre un ejercicio para descifrar el presente y para anticipar, en alguna medida, el futuro.
Hecha esta salvedad, hay, sin embargo, margen para formular algunas observaciones sin excesivo temor al error. No es osado sostener, por ejemplo, que lo sucedido en este tiempo transcurrido desde los atentados está contribuyendo a probar que la actividad inmemorial que es la guerra está cambiando en su naturaleza y, por consecuencia, en los modos de realizarla.
No se trata solo de los cambios que produce la acumulación de poder militar sin precedentes en una única potencia nacional, ni de los efectos del despliegue tecnológico en la batalla. Con el más reciente incremento (14% o US$ 48.000 millones) propuesto por George W. Bush para el área de defensa, EE.UU. se coloca muy cerca de superar el gasto militar combinado de las nueve naciones que le siguen entre las mayores inversoras en el rubro militar. Hay por esto mismo otros fenómenos difíciles de comprender; notoriamente el hecho de que esa acumulación ˇque le permitiría combatir simultáneamente a más de un enemigo en los lugares más alejados del planetaˇ no haya preservado su territorio del despliegue de una violencia masiva, de la que en más de 200 años de historia estuvo a salvo casi por completo, y con capacidades militares mucho más limitadas que las del presente.
En armonía tan perfecta como la de una coreografía, Bush y Osama bin Laden han desplegado en este tiempo la novedad del conflicto pos moderno. Si realmente es el culpable del 11 de septiembre, como lo sostiene Washington, el antiguo financista saudita llevó a la máxima expresión conocida hasta hoy la "privatización" de la guerra que el terrorismo venía insinuando desde la segunda mitad del siglo pasado. En la propuesta terrorista, el esfuerzo bélico se despega del protagonista moderno ˇel estado naciónˇ que lo había casi monopolizado desde la paz de Westfalia en 1648. La supuesta complicidad del primitivo y paupérrimo Afganistán del régimen talibán no cuenta en la ecuación, salvo a los fines propagandísticos del adversario.
En todo caso, Bush respondió a Bin Laden al anunciar su "guerra contra el terrorismo" confirmando no solo su premisa, sino las razones invocadas por el saudita para su jihad (guerra santa). En un mundo donde los Estados no cuentan demasiado, a la hora de guerrear queda solo a la superpotencia definir cuándo, cómo, dónde y con quiénes debe hacerse y no puede objetarse que ella desate sobre un país débil, que no parece haber podido emerger plenamente aún de la prehistoria, su capacidad destructiva. Para ponerlo en la memorable definición del jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, acuñada antes del 11 de septiembre: le cabe a Estados Unidos definir el conflicto y la misión que este impone y, solo después, articular la coalición que las circunstancias demandan. Al resto le cabe asentir y sólo si se les pregunta.
Así, el mundo tuvo su introducción a lo que Michael Hirsh definió en las páginas de Foreign Affairs como "la civilización unilateral" que es el credo que Bush propone al mundo. En otras palabras, la ley internacional obliga a todos menos a Washington. El rechazo norteamericano a la nueva corte criminal internacional de justicia es el ejemplo. La responsabilidad de preservar la naturaleza es de los demás, no propia, como queda en claro en la negativa norteamericana a firmar el Protocolo de Kyoto que insumió una década de negociación multinacional. Y la libertad de comercio sólo adquiere sentido más allá de las fronteras estadounidenses, como muestran las más recientes zambullidas de Bush en el proteccionismo con las tarifas del acero y los subsidios al agro. El 11 de septiembre no creó esa "civilización unilateral". Bush la trajo antes consigo en su acceso al poder, pero sin duda generó las condiciones para un desarrollo más veloz y más desinhibido de la visión.
Es interesante notar que algunos podrían inferir de este hecho que los atentados promovieron un giro de 180 grados en las relaciones internacionales. Desde el fin de la Guerra Fría, en la década pasada, la idea de un mundo multipolar en gestación ha sido una de las premisas de hierro en el pensamiento de políticos, estrategas, académicos y periodistas. Henry Kissinger, Zbigniew Brezinski y sus más notorios colegas europeos han sostenido que, después del colapso del Moscú rojo, la hegemonía absoluta de EE.UU. era un fenómeno pasajero en el estado del mundo. La creciente importancia de la Unión Europea, el poderío económico de Japón, la irrupción de una China modernizada y, según Kissinger, hasta la eclosión demográfica de la India ˇ1.000 millones de habitantes en el 2001ˇ preanunciaban un reparto más simétrico del poder en el mundo, aunque EE.UU. conservara su condición de primero entre pares, o aún de primero sobre pares en el futuro previsible.
Washington, tal como lo encarna Bush, parece dispuesto, desde antes del 11 de septiembre, a dar un mentís a aquel multilateralismo y el 11-S aparece facilitándole las cosas, al menos en la medida de la seguridad. Pero nadie está hoy en condiciones de asegurar que ese unilateralismo es sustentable, ni siquiera en el corto plazo.
Hay objeciones de fuste a la visión de la derecha encaramada hoy en Washington. Algunos, como Joseph Nye, ex viceministro de Defensa en los años de Bill Clinton, piensan que el presente "imperio" norteamericano es "virtual" pese a toda la acumulación de riqueza y poder que exhibe, porque precisará, antes que después, admitir la necesidad del consenso internacional, aun cuando el resto del mundo no pueda desafiar su hegemonía. Otros creen que Bush cayó en una trampa al aceptar la premisa posmoderna del terrorismo porque ésta es inmaterial y no alcanza para cubrir la necesidad del enemigo que toda gran organización -incluso un imperio- tiene para definir su identidad.
Otros, como William Greider en las páginas del semanario The Nation, afirman que el sueño imperial de Bush es poco más que una ilusión que se hará trizas cuando los acreedores de EE.UU., cuya deuda internacional equivale ya al 25% de su PBI (unos 2.5 billones de dólares), decidan que hay demasiadas dudas sobre su capacidad de pago. O quizá haya que combinar apropiadamente todas estas visiones; o simplemente esperar a que la historia se siga escribiendo a sí misma.
 
 

11-S: la guerra fantasma
Desde los gravísimos atentados en Nueva York y Washington, los Estados Unidos desplegaron una escalada contra el terrorismo que no parece reconocer límites territoriales, políticos ni éticos.
Paul Krugman. ECONOMISTA.

Contra la amenaza, sin perder libertad
Paul Krugman. ECONOMISTA.
Los norteamericanos deberían estar orgullosos de cómo reaccionaron al 11 de setiembre. Respondieron al horror con calma y tolerancia. No hubo pánico. Y aunque hubo un puñado de crímenes motivados por el odio, no hubo multitudes furibundas que atacaran a la gente de aspecto diferente. El pueblo norteamericano permaneció fiel a la esencia de Estados Unidos.
Sin embargo, un año más tarde hay un gran desasosiego en este país. Los escándalos corporativos, la caída de las acciones y el aumento del desempleo son responsables de gran parte de este malestar. Pero parte de lo que nos inquieta es que todavía no sabemos qué pensar sobre lo que nos pasó. Nuestros líderes y gran parte de los medios nos dicen que somos un país en guerra. Pero ésa fue una metáfora equivocada desde un principio, y parece empeorar a medida que pasa el tiempo.
En términos humanos y económicos, los efectos del 11 de setiembre no se parecen tanto a un ataque militar sino a un desastre natural. De hecho, hubo paralelos casi misteriosos entre el 11 de setiembre y los efectos del terremoto que sacudió a Japón en 1995. Al igual que el ataque terrorista, el terremoto de Kobe mató a miles de personas inocentes, dejó a un país acosado por pesadillas y sentimientos profundos de inseguridad y sacudió a una nación que ya enfrentaba las consecuencias de una burbuja financiera.
Sin embargo, el terremoto de Kobe sólo tuvo efectos pasajeros en la economía japonesa, lo cual sugiere que los efectos del 11 de setiembre en la economía norteamericana podrían ser igualmente pasajeros. Y así fue. Kobe tuvo efectos a más largo plazo en la psiquis de Japón, igual que el 11 de setiembre en la nuestra. Pero Japón no se detuvo y nosotros tampoco.
Por supuesto, hay una diferencia entre un acto de Dios y una atrocidad deliberada. Nosotros nos enojamos y nos propusimos perseguir y castigar a los atacantes. Era natural considerar el 11 de setiembre como el equivalente moral de Pearl Harbour y la lucha que comenzó ese día, como el equivalente de la segunda guerra mundial en esta generación.
Pero si esto es una guerra, poco se asemeja a las guerras que EE.UU. ganó en el pasado. ¿Dónde está el llamado al sacrificio, a un gran esfuerzo nacional? ¿Cómo sabremos cuándo ganamos y si ganamos? No hace falta ser un experto militar para darse cuenta de que no habrá ningún Día D en la lucha que tenemos por delante. Nunca existirá el día en que podamos decir que acabamos con el terrorismo. Más que librar una guerra, será como combatir el crimen, donde el éxito es siempre relativo y la victoria nunca es final.
Y la metáfora que usemos para describir nuestra lucha es importante: algunas cosas que son justificables en un período temporario de guerra no lo son durante una lucha permanente contra el crimen.

Volver a la normalidad
Esto también es válido en materia de presupuesto federal. Las guerras son una razón válida para tener déficit presupuestario, ya que es lógico que el gobierno pida dinero prestado para cubrir los gastos de una emergencia grave pero temporaria. Pero esta emergencia no es ni grave ni temporaria. ¿Existe alguna razón que nos haga pensar que el gasto en seguridad interna y defensa nacional regresará a los niveles anteriores al 11 de setiembre? No. Entonces, mejor que descifremos cómo pagar las cuentas del gobierno.
Mucho más importante, por supuesto, es el tema de las libertades legales y civiles. Los grandes líderes democráticos rompen las reglas en tiempos de guerra: si Abraham Lincoln no hubiera suspendido el decreto de hábeas corpus en 1861, hoy EE.UU. no existiría. Pero la situación era extrema y el lapso, temporario: la victoria en la guerra civil trajo aparejado un retorno a los procedimientos legales normales. ¿Alguien puede imaginar algo que persuada a nuestros líderes actuales de que ya no necesitan poderes extraordinarios?
El punto es que nuestra nueva condición amenazada no es temporaria. Estaremos en esto por mucho tiempo, de modo que es mejor que cualquier medida que tomemos para combatir el terrorismo sea una medida con la que estemos dispuestos a convivir indefinidamente.
El desafío real hoy no es erradicar el terrorismo. Ese es un objetivo inalcanzable. El desafío reside en encontrar la manera de enfrentar la amenaza terrorista sin perder la libertad y la prosperidad que hicieron de Estados Unidos un gran país.
Copyright The New York Times y Clarín, 2002. Traducción de Claudia Martínez.

Cuando se sospecha del pensamiento
Susan Sontag. NOVELISTA Y ENSAYISTA.
Desde el 11 de setiembre del año pasado, la administración Bush le viene diciendo al pueblo norteamericano que Estados Unidos está en guerra. Pero la naturaleza de esta guerra es peculiar. Parece ser, dada la naturaleza del enemigo, una guerra sin un final previsible. ¿Qué tipo de guerra es?
Hay antecedentes. Se sabe que las guerras contra enemigos como el cáncer, la pobreza y las drogas son guerras interminables. Siempre habrá cáncer, pobreza y drogas. Y siempre habrá terroristas despreciables, asesinos en masa como los que perpetraron el ataque hace un año ˇasí como luchadores por la libertad (como la Resistencia Francesa y el Congreso Nacional Africano) que alguna vez fueron catalogados de terroristas por aquellos a quienes se oponían, pero a los que la historia se encargó de asignarles otro nombre.
Cuando un presidente de Estados Unidos le declara la guerra al cáncer, a la pobreza o a las drogas, sabemos que esa "guerra" es una metáfora. ¿Alguien piensa que esta guerra ˇla guerra que Estados Unidos le declaró al terrorismoˇ es una metáfora? Pero lo es y, además, una metáfora con consecuencias poderosas. En realidad, la guerra se reveló, no se declaró, ya que se considera que la amenaza es de por sí evidente.
Las guerras reales no son metáforas. Y tienen principio y fin. Incluso el terrible conflicto entre Israel y Palestina algún día terminará. Pero esta guerra contra el terrorismo no puede terminar nunca. Ese es un indicio de que no se trata de una guerra sino de un mandato para expandir el uso del poder norteamericano.
Cuando el gobierno le declara la guerra al cáncer, a la pobreza o a las drogas significa que el gobierno está pidiendo que se movilicen nuevas fuerzas para enfrentar el problema. También significa que el gobierno no puede hacer mucho por solucionarlo. Cuando el gobierno le declara la guerra al terrorismo ˇsiendo el terrorismo una red de enemigos multinacional y básicamente clandestinaˇ significa que el gobierno se está dando permiso para hacer lo que quiere. Cuando quiera intervenir en alguna parte, lo hará. No tolerará ningún límite a su poder.
La sospecha norteamericana de "embrollos" extranjeros es de larga data. Pero esta administración adoptó la postura radical de que todos los tratados internacionales son potencialmente hostiles a los intereses de Estados Unidos ˇya que, al firmar un tratado sobre algo (ya sea cuestiones ambientales o el manejo de la guerra y el tratamiento de los prisioneros), Estados Unidos se compromete a obedecer convenciones que, algún día, podrían invocarse para limitar la libertad de acción de Estados Unidos para hacer cualquier cosa que, según el gobierno, beneficia los intereses del país. De hecho, ésa es la esencia de un tratado: limitar el derecho de quienes lo firman a una libertad de acción absoluta respecto del tema del tratado. Hasta ahora, ningún estado-nación respetable adoptó la postura manifiesta de que ésta sea una razón para eludir los tratados.
Describir la nueva política exterior de Estados Unidos como acciones emprendidas en tiempos de guerra es un fuerte factor de disuasión para llevar a cabo un debate sobre qué está sucediendo realmente. Esta negación a hacer preguntas ya era aparente inmediatamente después de los ataques del 11 de setiembre. Quienes objetaban el lenguaje de la jihad utilizado por el gobierno norteamericano (bien versus mal, civilización versus barbarie) fueron acusados de condonar los ataques o la legitimidad de los motivos detrás de ellos.

Sin debate posible
Según la consigna "debemos estar unidos", se consideraba que llamado a la reflexión era igual que disenso, y disenso, igual que falta de patriotismo. Lo que reclamaban quienes estaban a cargo de la política exterior de la administración Bush era indignación. La aversión al debate entre las principales figuras de los dos partidos sigue siendo evidente en los preparativos de las ceremonias de conmemoración del aniversario de los atentados ˇceremonias que son vistas como parte de la afirmación continua de la solidaridad norteamericana contra el enemigoˇ. La comparación entre el 11 de setiembre de 2001 y el 7 de diciembre de 1941 nunca estuvo alejada de los pensamientos.
Una vez más, Estados Unidos fue el blanco de un ataque sorpresivo letal que costó muchas vidas ˇen este caso, civilesˇ, muchas más que la cantidad de soldados y marinos que murieron en Pearl Harbour. Sin embargo, dudo de que el 7 de diciembre de 1942 se haya pensado que hacían falta grandes ceremonias conmemorativas para mantener la moral alta y el país unido. Esa era una guerra real y, un año después, todavía estaba bien vigente.
Esta es una guerra fantasma y, por lo tanto, necesita un aniversario. Un aniversario de este tipo cumple con varios propósitos. Es un día de luto. Es una afirmación de la solidaridad nacional. Pero de algo podemos estar seguros. No es un día de reflexión nacional. La reflexión, se dijo, podría perjudicar nuestra "claridad moral". Es necesario ser simple, claro y mostrarse unidos. Por lo tanto, se tomarán palabras prestadas, como el Discurso de Gettysburg, de una era pasada en la que la gran retórica era posible.
Los discursos de Abraham Lincoln no eran simple prosa inspirada. Eran manifestaciones audaces de nuevos objetivos nacionales en un tiempo de guerra real y terrible. El Segundo Discurso Inaugural se atrevió a pregonar la reconciliación que debía producirse después de la victoria del norte en la guerra civil. La primacía del compromiso de poner fin a la esclavitud fue el punto de la exaltación de la libertad que hizo Lincoln en el Discurso de Gettysburg. Pero cuando se citan los grandes discursos de Lincoln de manera ritual, o se los recicla para la conmemoración, se vuelven absolutamente vacíos de significado. Hoy son gestos de nobleza. Las razones de su grandeza son irrelevantes.
Esta apropiación anacrónica de la elocuencia ajena forma parte de la gran tradición del antiintelectualismo norteamericano: la sospecha del pensamiento, de las palabras. Ocultándose detrás de la hipocresía de que el ataque del 11 de setiembre fue demasiado horrible, demasiado devastador, demasiado doloroso, demasiado trágico como para expresarse en palabras, que las palabras no pueden llegar a expresar nuestra pena e indignación, nuestros líderes tienen una excusa perfecta para envolverse en las palabras de otros, hoy vacías de contenido. Decir algo podría ser polémico. En realidad, podría derivar en algún tipo de declaración y, por lo tanto, invitar a la refutación. Mejor es no decir nada.
No digo que no estemos frente a un enemigo perverso y aborrecible que se opone a la mayoría de las cosas que más quiero ˇentre ellas, la democracia, el pluralismo, el secularismo, la igualdad de los sexos, los hombres sin barba, el baile, la escasa ropa y, claro, la diversiónˇ. Y ni por un solo instante cuestiono la obligación del gobierno norteamericano de proteger las vidas de sus ciudadanos. Lo que sí cuestiono es la seudodeclaración de una seudoguerra. Esas acciones necesarias no deberían considerarse una "guerra". No hay guerras interminables, pero sí hay declaraciones de la extensión del poder por parte de un Estado que cree que no puede ser desafiado.
Estados Unidos tiene todo el derecho de perseguir a los perpetradores de esos crímenes y a sus cómplices. Pero esta determinación no necesariamente es una guerra. Los compromisos militares limitados y concentrados no se traducen en "tiempos de guerra" en casa. Hay mejores maneras de frenar a los enemigos de Estados Unidos, menos destructivas de los derechos constitucionales y de los acuerdos internacionales que sirven al interés público de todos, que seguir invocando la noción peligrosa y lobotomizante de una guerra interminable.
Copyright Clarín y The New York Times, 2002. Traducción de Claudia Martínez.
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A un año del atentado a las Torres Gemelas
Otro mundo, otra Argentina

ŢPEORES - Por J. M. Pasquini Durán
Como antes, varios escalones atrás - Por Atilio A. Boron
Paren el mundo, please - Por Martín Granovsky
Los tres focos del señor Tenet - Por Miguel Bonasso
Un lugar más peligroso - Por Juan Gabriel Tokatlian
Los reales ganadores de la muerte - Por Osvaldo Bayer
Vigilias y recuerdos - Por Beatriz Sarlo

De la guerra fría a la guerra de dioses - Por Fortunato Mallimaci
El mega-terrorismo globalizado: enemigo de la humanidad - Por Carlos Escudé *
El equívoco como forma de la historia - Por Nicolás Casullo
El debate sobre la seguridad regional - Por Rosendo Fraga
La caída del Estado nación - Por José Pablo Feinmann

PEORES

Por J. M. Pasquini Durán
En esencia son las de siempre, aunque peores en algunos aspectos, las relaciones desiguales entre un poder imperialista y un país periférico, subordinado no tanto por sus debilidades cuanto por la voluntad de los sucesivos gobernantes. Antes del fatídico 11 de setiembre ya eran complicadas por la llegada a la Casa Blanca de un gobierno, surgido de elecciones envenenadas por las sospechas de fraude, extremista de la derecha "republicana" rústica y arrogante, convencido de que la "globalización" era de su propiedad privada por derecho natural y que la América Latina era, más que nunca, el patio trasero de la oficina oval. Después de perder la vulnerabilidad, en un acto tan inesperado como repudiable, ese talante encontró la justificación para cerrarse sobre sí mismo, con la ventaja de alinear detrás suyo al pueblo estupefacto de Estados Unidos, dispuesto por el tormento a seguir las altisonantes promesas de venganza y la fanfarria épica del patriotismo parroquial. Respecto de América Latina la actitud también cambió: comenzó a prestarle atención pero para disciplinarla y para disuadir como sea a los ariscos y los quejosos. El "Plan Colombia", que lo involucra directamente en los asuntos internos de esa nación, y la inocultable satisfacción por la oposición a Hugo Chávez en Venezuela son apenas dos datos relevantes de esa flamante dedicación. No es casual que sean países petroleros: Venezuela es el tercer proveedor de Estados Unidos y Colombia el séptimo.
Cuando cayó el comunismo soviético, a principios de los años '90, para muchos el globo ingresaría a una etapa de multipolaridad, sin las certidumbres esquemáticas de la Guerra Fría pero con horizontes abiertos a la mundialización del comercio y las finanzas, de la política y de la cultura. En la misma dirección, América Latina sería favorecida por el acceso a la "opción europea" en su política exterior, con lo cual multiplicaría las oportunidades de cooperación y disminuiría los desequilibrios en las relaciones bilaterales y regionales con Estados Unidos. Con la misma ingenuidad, cuando cayeron las torres gemelas del World Trade Center, algunos pensaron, incluso aquí, que el dolor compartido y el repudio al terrorismo enlazaría a las Américas en un mismo impulso de solidaridades recíprocas. Cuanto más Argentina que cualquier otro país de la zona, porque había sufrido el agravio en carne propia, con las ataques a la embajada de Israel y a la sede de la AMIA, y había renunciado en la década del 90 a tener política externa autónoma para secundar a Washington en lo que quisiera mandar. Era el menemismo, pero luego la Alianza de Fernando de la Rúa también le dio el gusto al votar contra Cuba en el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.
En cambio, Argentina ingresó al mapa de la desconfianza norteamericana debido a los defectos de sus controles inmigratorios y aduaneros, con la triple frontera bajo la lupa de los cruzados contra "el Mal". La repuesta obligación de solicitar visa para los pasaportes criollos indica que esas deficiencias son más importantes que las pruebas de amor de las políticas de gobierno. Los ejercicios con tropas desembarcadas a propósito en el área, para cuyos miembros se exigen certificados nacionales de inmunidad al margen de las normas universales, sobre todo del Tribunal Penal Internacional, es otra elocuente evidencia del lugar adjudicado a los confines compartidos con Brasil y Paraguay. La asociación en el MERCOSUR, de valor estratégico para el país, es otro motivo de irritación, en la medida en que es considerada un obstáculo para la rápida formación de la Asociación de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que aumentaría el treinta por ciento de las exportaciones estadounidenses a la América Latina. La expansión imperialista sin frenos es una necesidad del Big Brother para aliviar las dificultades de su economía y apoyar las crecientes demandas de recursos para sostener el militarismo desenfrenado, en guerra contra medio mundo. Para países quebrados como Argentina esa apertura irrestricta es equivalente a mentar la soga en casa del ahorcado. Desde siempre se sabe que los imperios no tienen amigos sino intereses. Después del 11 de setiembre, hay que señalar además que los intereses de la Casa Blanca incluyen una complicidad incondicional con su propia guerra, que ha pasado a ser el lugar oscuro de la globalización. En la última edición (setiembre 2002) el editorial de Criterio reflexionó: "La relación entre globalización y violencia se fortalece en vez de neutralizarse a favor de la paz, porque favorece a algunos, desarraiga o margina a muchos, y el resentimiento y la autoestima azuzan el terrorismo...". En estas condiciones, la tentación del nacionalismo de clausura es el reverso de la entrega sin condiciones. El sendero estrecho y escarpado que elude esos extremos es, otra vez, el que lleva a la paz con justicia, a la libertad, la cooperación y la integración soberana dentro de cada país y hacia el mundo. Es difícil de recorrer, pero la experiencia indica que es el único, hasta que nadie proponga otro mejor, para conservar la dignidad y la identidad que las naciones como las personas necesitan para que la vida valga la pena.

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Como antes, varios escalones atrás
 

Por Atilio A. Boron *
Cumplido un año desde los atentados del 11 de setiembre del 2001, ¿cuáles han sido sus principales consecuencias, especialmente para la Argentina? Digamos, para comenzar, que en términos generales lo que ocurrió fue un significativo reforzamiento del unilateralismo norteamericano. Esto se tradujo, entre otras cosas, en una marcada derechización del discurso y las políticas concretas de la Casa Blanca en materia de derechos civiles y libertades públicas; una creciente intolerancia en relación a las voces disidentes que dentro de los Estados Unidos se oponen al nuevo consenso belicista del neoliberalismo armado, y, en consonancia con esto último, una peligrosa militarización de la escena internacional. Sin embargo, sería erróneo concluir que esta exasperación guerrerista es tan sólo producto de la inédita agresión perpetrada en el corazón mismo del imperio. De hecho, ya con anterioridad a este acontecimiento se habían manifestado las tendencias arriba señaladas y cuya génesis es preciso buscar en el agotamiento del ciclo especulativo de los noventa. En consecuencia, la derechización del gobierno norteamericano debe menos a la obra de Bin Laden y sus acólitos que al carácter artificial de la denominada "prosperidad de los noventa", cuyos verdaderos alcances fueron puestos claramente de relieve a partir de la sucesión de escándalos que salieron a la luz pública luego del sonado caso de la Enron. A esto es preciso añadir la bancarrota de gran parte de los fondos de pensión encargados de asegurar el disfrute del American dream a los asalariados norteamericanos (tema sobre el cual la prensa de la llamada "comunidad de negocios" ha mantenido un incómodo silencio) y que originó la reciente antidemocrática decisión de elevar hasta los 65 años la edad mínima para acogerse a una jubilación. Las fenomenales repercusiones internas que podría llegar a tener la irrupción de este tema en un año electoral no requieren de mayores esfuerzos y explican, en buena medida, la demencial obsesión belicista del presidente George W. Bush por atacar Irak, con o sin el consentimiento de las Naciones Unidas. El derrumbe del neoliberalismo en el centro no hace sino reforzar el carácter fuertemente imperialista del sistema internacional, algo de lo cual deberían tomar nota algunos intelectuales de izquierda extraviados en las confusas luces del posmodernismo filosófico y las autopistas de la información.
En relación a la Argentina, los atentados tuvieron un doble efecto: por una parte acentuaron nuestra irrelevancia estratégica --un proceso que, en verdad, afecta a toda la región al sur del río Bravo--; por la otra exasperaron la supeditación neocolonial de nuestro país, convertido en una víctima favorita de la diatriba y las políticas del imperialismo. En relación a lo primero digamos que la tesis de la irrelevancia estratégica latinoamericana, caballito de batalla del Departamento de Estado desde tiempos inmemoriales, tiene como condición necesaria la inexistencia de gobiernos de izquierda. No bien asoma la posibilidad de que un partido de esta orientación pueda conquistar el poder del Estado en cualquier país de la región el discurso y la política de Washington cambian con fulminante velocidad, y la pretérita irrelevancia da paso al discurso de la "seguridad nacional" norteamericana, lo que justifica la canalización de ingentes cantidades de recursos de todo tipo para aventar la incipiente amenaza. Lo que está ocurriendo hoy en relación al eventual triunfo de Lula en Brasil nos exime de mayores elaboraciones, lo mismo que el Plan Colombia y el Plan Puebla/Panamá.
Pero el agravamiento de la sumisión nacional ante el imperialismo tiene también otras facetas. Revela, por una parte, la inusual mezcla de mediocridad y cobardía de una dirigencia política como la nuestra, sin ideas ni voluntad, y que ha hecho de la mendicidad internacional el único principio de su accionar gubernamental. Por la otra, la total bancarrota de las peregrinas ocurrencias --pues no se trataba de ideas, dado que éstas suponen un grado de seriedad intelectual completamente ausente en aquéllas-- que modelaron la política exterior argentina durante los nefastos años del menemato. En efecto, el discurso de las "relaciones carnales" en cualquiera de sus variantes (alineamiento automático, aliado extra-OTAN, realismo periférico, etc.) demostró sus efectos degradantes y disolventes con singular nitidez en el caso argentino. Haber elevado la genuflexión y el servilismo al rango de principios cardinales de la política exterior no es algo que ninguna nación pueda hacer sin pagar un altísimo precio por tamaño desatino. Se nos dijo hasta el cansancio en aquellos años que al aceptar las relaciones carnales que nos proponía el imperialismo nos veríamos beneficiados por su gratitud y su complacencia; que se derramarían sobre nosotros con inigualable generosidad sus inagotables recursos, y que de este modo la Argentina obtendría un trato especial sólo reservado a los elegidos. Se trataba, hoy es evidente, de simples patrañas. Sumergida en la peor crisis económica, política y social de su historia, las políticas de los Estados Unidos hacia la Argentina no podrían ser más hostiles y agresivas. No hay país en el mundo al cual la Casa Blanca maltrate con mayor fruición que a la Argentina. Ni siquiera Irak es destinatario de los periódicos insultos y diatribas que los más altos personeros de Washington reservan para nuestro país. Luego del 11 de setiembre ese desprecio se tornó aún más virulento y, por eso mismo, la Argentina deberá pagar un precio exorbitante para poder algún día liberarse de la situación de postración en la que se encuentra. En ese sentido, los atentados no hicieron otra cosa que empeorar aún más nuestra humillante y vergonzosa inserción en el sistema internacional.

* Secretario ejecutivo del Clacso.

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Paren el mundo, please

Por Martín Granovsky
Ya cuando se desplomó la segunda torre estaba claro que el mundo sería peor, y no mejor. Que tanta muerte traería más muerte y no más justicia y que Osama Bin Laden no había irrumpido para mejorar el destino de los pobres del mundo. Un año después, cinco cosas parecen evidentes.

1 Los Estados Unidos son aún más poderosos que antes.
Si alguien pensó que el atentado de Bin Laden podía fisurar al imperio, se equivocó: la hegemonía norteamericana en el mundo es todavía más notable. El 11-S los Estados Unidos ya eran la potencia militar y económica dominante, y la superpotencia única. El atentado no solo no obligó a Washington a replegarse sino que le dio un argumento para ejercer su poder crudo y unilateral incluso con menos restricciones. Esta vez su propio territorio había sido el blanco del terrorismo, y entonces cualquier iniciativa diplomática o militar sería presentada como una acción en defensa propia.

2 El mundo no es más justo sino más injusto.
Las muertes injustificables del 11-S generaron una vasta literatura. Según ella, el terrorismo internacional solo se explica por condiciones de injusticia que lo explican y alimentan. El dato, con ser obvio, no es reversible. Está claro, un año después, que ni siquiera un atentado con más de tres mil muertos agudiza en los poderosos la sensibilidad ante la injusticia. Podía haber ocurrido por lucidez, por miedo o por el simple efecto del terremoto. Cuando la gente tiene la muerte delante de sus ojos, después suele vivir de otro modo. Pero no sucedió. El desplome de las torres de ningún modo provocó, por ejemplo, un giro del Fondo Monetario Internacional hacia la eliminación gradual de las condicionalidades que acostumbra a imponer a los países en crisis. Más bien lo contrario. Si no, ver el caso argentino.

3 Wall Street no entró en crisis por el 11-S.
Los atentados perjudicaron a dos grandes sectores: el turismo y la aviación. Pero beneficiaron a la industria bélica y a la relacionada con la seguridad, un área que abarca desde el espionaje electrónico a la profusión de detectores de metales en cada aeropuerto. En cuanto a las finanzas, la burbuja del Nasdaq, el índice de las acciones del sector informático y de alta tecnología, ya se había pinchado antes de septiembre del 2001. La caída del valor de las acciones desde que asumió George W. Bush, en enero de ese mismo año, ya llegó al 37 por ciento, según la consultora Standard & Poors. Pero los análisis internacionales no atribuyen esa fenomenal pérdida de riqueza a Bin Laden sino, por citar algo concreto, a que un banco de inversión infle el valor de las acciones de una empresa porque al mismo tiempo tiene un contrato con ella.

4 Medio Oriente está más lejos de una solución, y no más cerca.
Erró quien expresó esperanzas de que el conflicto entre israelíes y palestinos se encarrilaría por un motivo: los Estados Unidos evitarían choques en una zona tan caliente porque buscarían concentrarse solo en la guerra en Afganistán, considerado como el principal santuario de Al Qaida. En el último año el conflicto de Medio Oriente escaló con un nivel record de atentados suicidas e incursiones de los tanques israelíes en territorio palestino, Ariel Sharon se fortaleció y la Autoridad Palestina está en crisis y a merced del crecimiento de Hamas y otras opciones fundamentalistas.

5 Este mundo es muy malo para la Argentina.
Cuando el país necesita sentarse a la mesa para pedir más justicia, más dinero y mayor acceso a mercados se encuentra con que del otro lado nadie quiere conversar de otra cosa que no sea seguridad, y así los temas corren el riesgo de militarizarse. Más aún: cuando alguien está dispuesto a hablar, termina sonando como la traducción a la economía del mismo salvajismo que puede expresar, digamos, un Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa a quien obsesiona lanzar una ofensiva militar contra Irak. Como Paul O'Neill no piensa especialmente en la Argentina, cuando lo hace su discurso parece, también, un discurso de guerra. Imaginen, en este caso, quién es el blanco. Y después de imaginarlo, escóndanse.

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Los tres focos del señor Tenet

Por Miguel Bonasso
A partir del 11 de setiembre, Estados Unidos introdujo cambios importantes en sus relaciones con América latina y, en particular, América del Sur, donde se ubican cuatro de los países más importantes de toda la región: Brasil, Venezuela, Argentina y Colombia. El quinto es México, con el cual ya tiene un acuerdo de libre comercio y una relación política más fluida que décadas atrás, cuando el PRI levantaba todavía algunas banderas nacionalistas.
Esos cambios, de gran importancia para el presente y futuro de la Argentina, se venían gestando desde tiempo atrás. Incluso se habían insinuado ya durante la administración demócrata de Bill Clinton, pero adquirirían carta de ciudadanía política con el arribo del conservador texano George W. Bush para tornarse dramáticamente evidentes después del ataque a las Torres Gemelas. A partir de ese momento se produciría la profecía autocumplida del Documento de Santa Fe IV, que proponía (sic) "recrear el enemigo externo" para cohesionar a los Estados Unidos y fortalecer a la nación del Destino Manifiesto.
Una significativa propuesta, a tomar seriamente en cuenta, porque proviene de un "think tank" de intelectuales orgánicos, militares con experiencia contrainsurgente hemisférica, ex diplomáticos y agentes de inteligencia. También porque el primer Documento de Santa Fe, como se recordará, fue biblia para Ronald Reagan y George Bush padre.
En febrero de este año, en una audiencia en la Cámara de Representantes, el señor George Tenet, director general de la CIA, subrayó que los tres focos rojos que alarmaban a Washington en la región eran Venezuela, Colombia y Argentina. En Venezuela les preocupaba la permanencia de Hugo Chávez, a quien el Santa Fe IV califica como "dictador castrista"; en Colombia, la contención y derrota de la guerrilla de las FARC, a las que George W. endilgó el cartel letal de "narcoterroristas", y en Argentina la posibilidad del desborde social.
Del dicho al hecho hubo poco trecho: en abril apoyaron el fallido golpe militar-empresarial contra Hugo Chávez, demostrando categóricamente que el Consenso de Washington, sustentado hasta ese momento en la diada democracia y mercado, podía prescindir del mejor de sus pilares que es la democracia. Y también del cacareado respeto a los derechos humanos, porque en las escasas horas que duró el empresario Carmona Estanga sentado sobre las bayonetas, comenzó a respirarse en los cerros de Caracas un clima de terror que evocaba los días, aparentemente superados, del Pinochetazo.
En Colombia creció exponencialmente la participación militar norteamericana, favorecida por el ascenso a la presidencia del halcón Alvaro Uribe.
De Argentina no se olvidaron y enviaron inspectores del área de seguridad, como Thomas Fingar, que nos visitó en mayo pasado. También se multiplicaron los ejercicios militares y policiales. Uno muy significativo fue el que se llevó a cabo con "rangers" norteamericanos y miembros de los grupos de elite de la Policía Federal, en la simulada reconquista de la embajada estadounidense, supuestamente ocupada por "terroristas" que se escudaban con rehenes.
Marines y otras tropas especiales --protegidas además por el status diplomático-- se mueven por el territorio nacional como por su casa. Especialmente por Misiones, que es el sitio más frecuentado. Algunas veces para ejercitarse, otras para combatir el mosquito del dengue, pero siempre para generar el resquemor de Brasil. El socio mayor de la Argentina, que no sólo ha dejado de lado la arcaica hipótesis de guerra con nuestro país, sino que propone una integración estratégica entre fuerzas armadas de ambos países, para generar una zona de seguridad libre de "tropas extrañas a la región". Un inevitable eufemismo para designar a los efectivos norteamericanos que pueden asentarse en las regiones fronterizas a Brasil. Como podrían hacerlo en las puertas de la estratégica Amazonia, (rebosantes de petróleo), si se involucran más y más en la guerra de Colombia.
Pero la movida no es sólo militar o política sino eminentemente económica. A Estados Unidos le preocupa que el Mercosur se convierta en un obstáculo para el ALCA, cuyo tratado quiere firmar en abril, en Buenos Aires. El peor escenario para la Casa Blanca sería un fortalecimiento de la alianza entre Argentina y Brasil y la incorporación de Venezuela al Mercosur, para conformar un nuevo bloque sudamericano, capaz de negociar en mejores condiciones con Washington y, obviamente, con Europa.

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Un lugar más peligroso

Por Juan Gabriel Tokatlian *
Indudablemente prima ver la situación de Argentina a la luz de dos fenómenos: uno, la guerra contra el terrorismo, y el otro en relación a la política de Estados Unidos frente al tema. Respecto a lo primero, el hecho de que en Sudamérica Estados Unidos definiera dos áreas de particular sensibilidad --una eminentemente peligrosa que es el arco andino concentrado en Colombia, y otra preocupante que es la Triple Frontera--, ha hecho que Argentina sea de alguna manera un referente en el tema de la guerra contra el terrorismo. En esa dirección ha sido poco lo que el país ha hecho: no ha avanzado en absoluto en el caso de la AMIA, que es un primer ejemplo que involucró a Argentina en el terrorismo internacional; ha hecho poco por coordinar labores más efectivas con Paraguay y Brasil, y aún menos por buscar una salida a la crisis colombiana que desactive este conflicto mayor en la región. Por lo tanto, ha tenido una actitud notoriamente pasiva frente al combate contra el terrorismo.
Respecto a lo segundo, a las consecuencias para el país de la política de Estados Unidos, cabe señalar que a Argentina le ha ocurrido algo similar a lo que al resto de Latinoamérica, que desde el 11 de setiembre pasado ha sido objeto de una política exterior norteamericana caracterizada por la incoherencia, el desprecio y la obnubilación. Los ejemplos son varios: tras los atentados ni siquiera México es tomado en cuenta en Washington, como lo fue al inicio de la administración Bush; Nicaragua y Bolivia fueron testigos de una diplomacia pro-consular, en la cual los representantes norteamericanos incidieron notoriamente para que las respectivas poblaciones no votaran por candidatos que eran vistos por Washington como adversarios, enemigos u oponentes: Ortega en el caso nicaragüense, Evo Morales en el caso boliviano. Venezuela experimentó un golpe de Estado que Washington ni desestimuló ni tampoco impugnó; Colombia se fue convirtiendo cada vez más en escenario de un involucramiento masivo e indirecto de Estados Unidos en la región andina. Y finalmente Argentina, que después del default fue sometida a un verdadero maltrato por Estados Unidos: es casi imposible encontrar un caso de país que siendo aliado extra OTAN de Estados Unidos y que aún siga definiendo su política exterior de claro alineamiento a Washington sea tratado prácticamente como un enemigo. Esta situación especial de Argentina, en el contexto general de la región, solamente puede ser interpretada a la luz de un auge de una diplomacia unilateral y coercitiva de Estados Unidos.
El 11 de setiembre significa que estamos en una situación aún más precaria desde el ámbito de las relaciones internacionales en general. En la medida en que se refuerzan las agendas de seguridad y los temas de naturaleza militar --la lucha contra el terrorismo, contra el crimen organizado--, queda más desplazada la agenda de tipo económico. En la medida en que Washington opta por estrategias cada vez más punitivas y coercitivas, menos espacio hay para tratar con un tono distinto casos muy complejos como el argentino. En la medida en que todo este proceso se da a la par de una recesión creciente en Japón y una posible recesión aún más aguda en Estados Unidos, de un lento crecimiento de la economía europea, de fuertes problemas en Asia en general, menos espacio hay también para que la comunidad internacional se concentre en un caso problemático como el argentino. De algún modo, visto desde el ángulo de la lucha contra el terrorismo, desde el ángulo de la política exterior de Estados Unidos, y desde el ángulo de la atención de la comunidad internacional, Argentina hoy está en un lugar mucho más delicado y peligroso que hace un año.

* Director de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés.

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Los reales ganadores de la muerte

Por Osvaldo Bayer
El 14 de agosto de 1927, la Justicia de Estados Unidos hacía cumplir la condena de pena de muerte por la silla eléctrica de dos inocentes: Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. La ira de los pueblos fue incontenible. En la Argentina, una bomba bien colocada hizo volar por el aire a más de quinientos metros la estatua de Washington, en los bosques de Palermo. Medio siglo después, las autoridades norteamericanas pedían disculpas por la irreparable injusticia hecha para con esos dos luchadores del pueblo, I am sorry.
Claro, el atentado contra la estatua de Washington fue explicado por la izquierda: era la consecuencia directa, cuando se ejerce violencia de arriba siempre se producirá la respuesta de abajo.
¿Qué pasó aquí, en la Argentina, cuando llegó la noticia del atentado terrorista contra las torres gemelas? Después de la desorientación general y de ponerse el gobierno de De la Rúa a total disposición de las autoridades norteamericanas, de ofrecerle hasta soldados, comenzaron los ritos obligados de misas y funciones religiosas por las víctimas, los actos de desagravio por la mayoría de las asociaciones civiles, clases especiales en las escuelas, discursos amenazantes unos y otros patéticos. Y por supuesto la consiguiente discusión entre los intelectuales. Fue la presidenta de Madres, Hebe de Bonafini, la primera en expresar su júbilo por la derrota de los todopoderosos dueños de Estados Unidos, y fue David Viñas el que más se definió defendiendo el acto aparentemente venido de los cielos talibanes.
En general, la mayoría de los intelectuales argentinos repudiaron el acto terrorista e hicieron llegar sus condolencias al pueblo norteamericano.
Me tocó a mí en ese entonces advertir a la izquierda que el gobierno talibán se trataba de una fuerza de extrema derecha donde los ciudadanos de Afganistán, principalmente las mujeres, no gozaban de ningún derecho a la libertad y la dignidad. Escribí que es como si hubiésemos saludado la voladura de la torre de Londres o de la Cámara de los Comunes por un cohete de Hitler, en aquellos tiempos en los que todavía Gran Bretaña era el país imperial por excelencia. Pero que eso sí, no nos debíamos conformar con las condolencias por las víctimas sino invitar al pueblo norteamericano a ser más protagonista, es decir, a actuar para terminar con la política agresiva del Estado norteamericano como lo había demostrado en la guerra del Golfo y sus consecuencias, segura causa del atentado terrorista talibán. Era hora ya, y justo en este caso en que los norteamericanos pasaba a ser víctimas propias de su política imperialista, de parar y comenzar una época de paz que llevara una vida digna a todos los pueblos de la Tierra. Desgraciadamente, pasó todo lo contrario y después de los atentados el apoyo a Bush subió hasta el 90 por ciento entre los estadounidenses. Ese deber del pueblo norteamericano de hacerse protagonista de una política de paz vale hoy más que nunca en las puertas de la nueva guerra contra Irak. Ya no lo apoya el noventa por ciento, pero obedientes mandarán a morir a sus hijos a Irak junto con sus bombardeos devastadores y criminales.
Lo que el gobierno argentino hizo hace justo un año fue, como siempre, anodino y con ansias de ser el mejor servidor. Con voz muy emocionada, De la Rúa prometió soldados argentinos, en lo que fue respaldado por Alfonsín y especialmente por los justicialistas. Dio un poco de vergüenza a todos aquellos que recordaban la política anticubana del gobierno argentino.
Ha pasado un año y el bloque del primer mundo muestra profundas grietas en cuanto al lanzamiento de una nueva guerra. Después de la experiencia de Afganistán, Alemania --por ejemplo-- ha hecho la experiencia de cómo las tropas americanas se manejan por su cuenta, bombardean de improviso los lugares elegidos por ellos y consideran a las otras tropas aliadas como una especie de aliados por obediencia debida.
La verdadera síntesis del drama de las torres gemelas está en una noticia difundida por todas las agencias del orbe a las dos semanas del ataque a las torres gemelas: "Empresas militares ganaron hasta el 36 por ciento. Fue por la suba de las acciones en Wall Street. Son las compañías que fabrican aviones, misiles y accesorios para la guerra. También se beneficiaron las firmas de biotecnología, ante un eventual ataque con armas químicas".
Por allí habría que comenzar la investigación.

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Vigilias y recuerdos

Por Beatriz Sarlo *
Millones de dólares en souvenirs del 11 de setiembre se han vendido y continuarán vendiéndose en los días del primer aniversario. Está dentro de la lógica del capitalismo que la vida y la muerte sean celebradas en el mercado. Sería ingenuo pensar que esa lógica podría autosuspenderse sólo porque lo que sucedió en 2001 fue terrible, sangriento e inesperado. A fin de cuentas, el atentado provocó una recesión, probando la sensibilidad de Wall Street ante acontecimientos de esta magnitud.
Precisamente, porque fue un hecho que excedió toda previsión y se colocó fuera de serie, precisamente porque tocó territorio de una nación que, desde Pearl Harbour, ignoraba lo que significa una herida en el centro de su poder, de su cultura y de su legítimo orgullo, el 11 de setiembre impulsa la industria de la recordación. Un asesinato de masas no puede ser olvidado. Y cada país recuerda del modo en que su cultura lo ha adiestrado para hacerlo.
Así, el escenario del mayor torneo de tenis que se disputa en Nueva York fue cubierto el domingo a la tarde por una gigantesca bandera, mientras Garfunkel y su pequeño hijo cantaron "America the beautiful" ante las decenas de miles que llenaban el estadio. La televisión lo registró con esa emotividad que intuye en los grandes momentos, alternando los rostros de dos iconos, como Pete Sampras y Andre Agassi, con la formación de soldados y el cielo azul donde revoloteaban las palomas que los organizadores lanzaron acompañando los últimos acordes.
Esas palomas, por supuesto, están fuera de lugar en los jardines de la Casa Blanca, donde Bush se acerca día a día a una guerra contra Irak. La lógica de la guerra, podría concluirse fácilmente, es también una de las lógicas del capitalismo, aunque las naciones europeas, excepto Gran Bretaña, no parezcan hoy inclinadas a mover sus ejércitos en obediencia.
Pero los Estados Unidos sí están dispuestos a hacerlo. El gobierno de Bush, envuelto en escándalos financieros que también son la enfermedad endémica para la que el capitalismo no encuentra remedio, quiere salir nuevamente al mundo sostenido por la creencia de que sus ejércitos, en lugar de producir muerte, sufrimiento y miseria, producen también los efectos benéficos de la democracia. Y sostenido, sobre todo, en el derecho de una alegada autodefensa que se planea ejercer sin límites.
Desde el 11 de setiembre de 2001, los Estados Unidos resolvieron que ese asesinato masivo habilitaba un intervencionismo militar para el cual su gobierno quiere el realineamiento del mundo según el orden binario de amigos y enemigos, orden que conduce inevitablemente a la guerra si, a diferencia de las décadas de guerra fría, cuando el enemigo era una nación tan poderosa como la Unión Soviética, del lado enemigo están naciones miserables como Afganistán o repúblicas autoritarias como Irak. Ahora se nos informa que Irak puede poseer o fabricar armas atómicas, agregando a la lógica binaria la amenaza que podrían sufrir las Estados Unidos o cualquiera de sus aliados (Israel, por ejemplo, también movido por el primitivo derecho de la venganza y el ojo por ojo).
Conmemoramos la sobrecogedora agresión del 11 de setiembre, en una nueva vigilia de armas. Las vigilias populares, con sus altares cívicos a las víctimas, sus flores y los mensajes escritos por el pueblo norteamericano, las reacciones emocionantes de los sobrevivientes que recuerdan con solemnidad y sentimiento, esas vigilias tienen un siniestro duplicado en los edificios que se salvaron del ataque homicida. El Pentágono vela también sus armas.

* Ensayista, directora de la revista Punto de Vista.

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De la guerra fría a la guerra de dioses

Por Fortunato Mallimaci *
Hace un año el estupor, la angustia y la indignación invadieron a millones de personas. Recuerdo que me encontraba en casa preparándome para ir a la universidad cuando la radio anunció "que un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas". En seguida prendimos la TV y a los minutos vemos cómo se estrella otro avión. Se informa también de una explosión en el Pentágono. No eran "accidentes" sino atentados contra lugares emblemáticos de los EE.UU. La irresponsabilidad de un grupo suicida utilizando aviones comerciales llevó la muerte a miles de personas y dio el pretexto para poner en marcha --una vez más-- la maquinaria de guerra. Dichos atentados dejaron en estado de shock a los habitantes del país más poderoso del planeta que por primera vez en su historia vivía situaciones de esta magnitud en su propio territorio. La incertidumbre fue grande ante la posibilidad de que se extendieran a otros lugares. ¿Quiénes eran los que atentaban? ¿Cómo lo habían logrado? ¿Cuál sería el futuro para la humanidad a partir de estos hechos? ¿Una nueva guerra ahora a escala mundial y con otras lógicas? ¿La amenaza permanente del terrorismo mundial afectando la vida cotidiana?
El gobierno de EE.UU. --sin aportar ninguna prueba al comienzo-- aprovechó esta situación para unificarse detrás de la figura de su presidente y declarar rápidamente "la guerra contra el mal", acusando a naciones, a grupos y especialmente al "terrorismo islámico y talibán anclado en Afganistán" como los causantes de los atentados. De repente, toda persona islámica pasó a ser sospechosa. El estigma y el etiquetamiento comenzaron peligrosamente a señalar y discriminar. A un año del hecho no conocemos la verdad sobre los autores, sus redes, sus complicidades internas y sus conexiones internacionales. ¿Lo sabremos algún día? Una vez más se dio prioridad a la razón de Estado sobre la búsqueda de la verdad, una vez más se quieren limitar los derechos individuales utilizando la "obsesión" por la seguridad nacional.
Los actos terroristas produjeron también miedo y repliegue en la ciudadanía norteamericana que imagina así un mundo hostil al "sueño americano". En un momento donde se hace necesaria la solidaridad internacional para regular un "mercado financiero desbocado", la política dejó paso a lo represivo y las explicaciones perdieron peso frente a las justificaciones religiosas y místicas.
La continua prédica a la guerra por parte de la potencia hegemónica a nivel mundial puede hacer olvidar en su población los graves problemas sociales que hoy vivimos en la mayoría del planeta. La lucha contra el desempleo y la pobreza, por el medio ambiente, por mejorar la democracia y los derechos ciudadanos pasan a un segundo plano. El rechazo o la no participación en las últimas conferencias internacionales es una consecuencia de este tipo de políticas de aislamiento que dificultan encontrar soluciones globales.
La respuesta militar y religiosa a la afrenta buscó ganar consensos. Era necesario para ello "identificar a un enemigo", al "representante del demonio" y llevar adelante un proceso de "justicia infinita" que los castigara y eliminara "de la faz de la tierra". En una sociedad que sigue creyendo que tiene una "misión trascendental" a cumplir el Dios de uno fue identificado con el Diablo del otro. El Dios de los cristianos o los judíos versus el Dios de los musulmanes, la Biblia o la Torá versus el Corán, la guerra santa de un lado y de otro, la demonización como manera de analizar y simplificar la realidad.
Lo interesante es preguntarse cómo tanto en sociedades calificadas de "ultra modernas y secularizadas" (como es el caso de los EE.UU.) y otras llamadas "tradicionales o feudales" (como Afganistán o Pakistán o Irán) son los elementos religiosos los que legitiman la acción colectiva, individual y la de los Estados. Una vez más debemos afirmar que la secularización no es la desaparición de lo religioso sino la recomposición de la religión en su relación conflictiva con cada sociedad. Al mismo tiempo, los que realizan los actos de violencia no se consideran a sí mismos como terroristas sino alegan que sus actos --tanto los cristianos que pusieron la bomba en el edificio de Oklahoma como los islamistas de las Torres Gemelas o los judíos que asesinaron a Rabin-- están legitimados y hasta demandados por sus principios religiosos. Pasamos de la guerra fría a la guerra de dioses...
Cuando se pretende dividir a las sociedades en dos, "los buenos y los malos", "los que nos llevan al cielo y los que nos conducen al infierno", "los que liberan y los que oprimen" queda poco lugar para los matices, las complejidades, los análisis más rigurosos y especialmente poco o nada de espacio para la mayoría de ciudadanos que aspiran a vivir en paz y en justicia. Los asesinatos de miles de personas en Nueva York como en Kabul, en Jerusalén como en Bagdad deben producir nuestra indignación ética. Debemos estar atentos a la utilización política de la violencia y simbología religiosa como justificativo de la acción, dado que, al tener como objetivo "la destrucción del mal", la lucha cósmica ocurre aquí y no en un mítico más allá y por eso puede llegar a no tener límites en el exterminio del otro y la otra, del diferente y el diverso.

* Profesor de la UBA e investigador del Conicet.

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El mega-terrorismo globalizado: enemigo de la humanidad

Por Carlos Escudé *
El 11 de setiembre de 2001 los norteamericanos descubrieron algo que los argentinos ya sabíamos: que existe un mega-terrorismo globalizado inspirado en el extremismo islámico, que puede pegar en cualquier tiempo y lugar. Lo intuimos cuando la Embajada de Israel en Buenos Aires fue arrasada en 1992, y lo supimos a ciencia cierta cuando en 1994 uno de los mayores atentados terroristas de esa década en el mundo entero devastó una institución argentina, la AMIA.
Desde entonces los argentinos más esclarecidos supieron que la moderna metodología terrorista del suicidio asesino de inspiración mística podía usarse en cualquier parte del planeta. Los norteamericanos, en cambio, percibieron estos hechos trágicos como parte de un acontecer provinciano y extranjero. Cuando a fines de 1999 una seguidilla de atentados sembró el terror en Moscú, los yanquis siguieron sin entender nada y atribuyeron la tragedia a los excesos de represión rusos contra los separatistas chechenios.
Sólo cuando el terror pegó en casa de una manera masiva estuvieron el pueblo y gobierno de los Estados Unidos dispuestos a reconocer que la humanidad civilizada toda se enfrentaba al mayor peligro de la historia registrada: una red de redes del terror imposible de disuadir porque sus células están dispuestas a recurrir al suicidio para asesinar el mayor número posible de civiles inocentes.
A diferencia de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, en que ambas partes pretendían destruir a la otra autopreservándose, con este enemigo no funciona el "equilibrio del terror" de la "destrucción mutuamente asegurada". Para colmo, éste es un adversario que se nutrió de armas y tecnologías de destrucción masiva durante toda la década del '90. En aquel entonces, el colapso de mandos en Rusia que siguió a la debacle soviética puso en manos de quien pudiera comprarlos la ferretería y tecnología de empobrecidos militares y científicos de la ex URSS, antes mimados pero ahora hambrientos y frustrados. Por lo tanto, a semejanza de la ex Unión Soviética, este terrorismo tiene acceso a armas químicas, bacteriológicas y, eventualmente, incluso nucleares. En una era de proliferación de armas de destrucción masiva, cada mes, año y década que transcurren sin su eliminación significa un aumento de su capacidad para extorsionar al mundo y una disminución de las probabilidades de supervivencia de la especie humana.
Por otra parte, su objetivo es la destrucción de Occidente. Aunque el conflicto de Israel-Palestina sea una de las justificaciones usadas por este terrorismo, sus causas últimas provienen de una interpretación extremista del Corán particularmente vigente en los reinos y emiratos árabes del golfo Pérsico. Sus principales cultores no son palestinos y no se detendrían siquiera ante el más generoso de los acuerdos de paz en Medio Oriente.
Cuando los norteamericanos percibieron trágicamente la magnitud del peligro, se encontraron con un gobierno ruso dispuesto a permitir la instalación de bases yanquis en lo que había sido territorio soviético, Uzbekistán y Kirguistán. Gracias a la emergencia de un enemigo común a las dos superpotencias nucleares, los Estados Unidos instalaban una base aérea a apenas doscientas millas de la China.
Mientras tanto, en nuestra pueblerina argentina olvidábamos que nosotros fuimos víctimas de este flagelo antes que los norteamericanos. No faltaron quienes con ignorancia y necedad se regodearon en la aparente vulnerabilidad norteamericana. No sabían que el presupuesto militar norteamericano, aun antes del 11 de setiembre, equivalía a la suma de los nueve presupuestos que le siguen. Así como el actual peligro no tiene precedentes en la historia, tampoco los tiene el predominio militar mundial de los Estados Unidos, que supera con creces al que alguna vez tuvieran Gran Bretaña o el Imperio Romano.
No hay margen para la neutralidad en esta guerra que continuará muchos años. Y es justo que así sea.

* Especialista en Relaciones Internacionales.

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El equívoco como forma de la historia

Por Nicolás Casullo *
El particular "año argentino" que nos separa del furibundo ataque a las torres sin duda no fue el más propicio para acompañar, desde aquí y paso a paso, el significado de corte epocal que tuvo ese hecho en la crónica contemporánea. Esto sin olvidar que el perfil más frecuente del argentino se caracteriza por una acentuada desconsideración en cuanto a seguir al detalle los problemas internacionales, típico de países que se sintieron alguna vez con destinos manifiestos obnubiladores.
Pero los equívocos son parte de la historia y en ocasiones iluminan tanto o más que las lecturas adecuadas. Podría pensarse que la crisis que se desató en el país desde diciembre nos obligó --luego de cierta larga distracción en los 90-- a volver a mirar a EE.UU. como "viejo actor" relevante en nuestro desastre, justo cuando la potencia del mundo viraba hacia posiciones de nuevo cuño y de extrema intransigencia. A la conmoción mediática del ataque en Nueva York y Washington y el mes posterior de periodismo testimonial de alta dramaticidad, lo siguió en nuestro país un diluirse no sólo del hecho en sí, sino de la cuestión central que pasaron a representar las torres destrozadas.
Me refiero en primer término a que el suceso, como violencia concreta y simbólica extrema, no gestó en la Argentina como sí lo hizo en Europa occidental, por ejemplo, una palpable sensibilidad de agobio, un plano de depresión agregado en tanto conciencia de aflicción excesiva con respecto al mundo todo. Como si el campo de la violencia, de la muerte, de lo "inexplicable repentino" que se desató allá, fuesen la forma "en general" de nuestra rutina nacional. Como si en el último cuarto de siglo tuviésemos frente a los partos dolorosos de cada etapa de la historia un umbral más alto que otros de soportabilidad, de neutralización frente a lo descomunal, o un poco de indiscutible veteranía ante la crueldad de la historia en nuestra piel.
Pienso: una suerte de sano distanciamiento brechtiano luego de acontecido y tragado el primer cachetazo de lo no calculado, como modalidad de supervivencia. Algo que sentí entre conocidos, alumnos, gente, frente al atentado colosal. Digo, esta gimnasia existencial pesó más de entrada con respecto a la agresión sufrida por EE.UU, que un neto posicionamiento ideológico antinorteamericano, cosa que en el actual Buenos Aires de las puteadas masivas y el dólar añorado resulta un asunto de difícil comprensión.
Pero es en otro plano, más allá de aquel hecho resonante, donde el argentino creo que brilló por su desfase de conciencia o distracción autista, quizá como reacción feliz, afortunada, o increíblemente temeraria a la manera de una última armada Brancaleone gaucha. Me refiero a que la caída de las torres significó en el mundo algo que aquí tardó en ser percibido por nuestra "masa crítica" social ampliada: el nacimiento del tiempo policíaco Bush-cazabombardero, Latinoamérica como territorio a vigilar, limpiar y ajustar, el mundo ceñido a EE.UU., el fin de aquellas pluralidades poscaída del muro, la derechización contra todo tercerismo, las guerras futuras agendadas, el retroceso del antiglobalismo "terrorista", y el quedar todos involucrados en ese "costo" cara de perro fijado alucinadamente por el extremismo republicano de Texas dueño coyuntural del orbe.
Datos todos éstos, desde las caídas de las torres, que el atribulado y empeñoso argentino, ilustrado o no, pasó por alto en medio de la crisis, cacerolazos, protestas, piqueteros, desocupación masiva, hambre multiplicada y políticos inútiles o delirantes. Recuerdo un Congreso sobre América latina en Pittsburgh en abril de este año, donde en una rueda de conversación representantes de distintos países coincidían, con cierta envidia mezclada con azoramiento y mirada piadosa, que "mientras las sociedades en todas partes viven después de las torres y más que nunca el miedo a los poderes políticos endurecidos, Argentina era el único lugar en la tierra donde el poder político estaba aterrorizado por la sociedad".
De tal manera, que justo cuando el lobo volvió, como en la canción de infancia, la protesta argentina no sólo siguió jugando en el bosque, sino que en enero desde sectores fuertemente soliviantados y periodismo de canales insospechados de izquierdismo, emergió un clamor antiimperialista, antiyanqui, "anti-Imperio", un latinoamericanismo unido detrás del Che Lula, que se mezcló con otra mirada argentina en las antípodas, sobre el mismo EE.UU. Aquella que desde la Rosada creyó en el FMI, el Tesoro, la administración Washington a la vieja usanza de los '90, "porque a Estados Unidos era al primero que no le convenía que Argentina se cayese". Una y otra hermenéutica sobre las Torres del 11 de setiembre resultaron un equívoco para gran parte de los argentinos, en cuanto a lo que realmente significó ese día en la historia del presente. A un año de la cuestión, ahora estamos perfectamente al tanto. Tan cierto como que todo es más gris.

* Ensayista, escritor

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El debate sobre la seguridad regional

Por Rosendo Fraga *
A un año del 11 de setiembre es claro que la agenda norteamericana sigue centrada en la lucha contra el terrorismo internacional, y la nueva escalada que puede implicar el ataque a Irak así lo demuestra.
En esta agenda, América latina pierde prioridad relativa dado que no incide en dicho conflicto, que tiene como grandes teatros de operaciones Asia, Europa, los EE.UU. y el norte de Africa.
Son pocas y no demasiado relevantes las cuestiones de la región que están vinculadas a esta agenda de seguridad internacional: el rol de Chávez en la OPEP, los posibles nexos de la guerrilla colombiana con el terrorismo internacional y la presencia o no de grupos fundamentalistas en la Triple Frontera de Brasil, Argentina y Paraguay.
Pero cualquiera de estos asuntos hoy tiene menos importancia en la agenda de seguridad internacional de los EE.UU., mientras que Rusia, Turquía o Arabia Saudita --y también países del hemisferio sur como Filipinas o Indonesia--, donde existen movimientos insurgentes de origen musulmán, adquieren significación estratégica para Washington.
En la nueva fase del conflicto, representada por el eventual ataque a Irak, el rol de América latina no es relevante, dado que se plantea básicamente como una acción unilateral, a lo sumo con apoyo y participación británica y que podría llevarse adelante aun sin el aval de la ONU. La decisión de Washington mira más a su propia opinión pública --donde los índices de apoyo hoy no son suficientes para emprender una operación de estas características dado que apenas superan el 50 por ciento-- antes que al consenso internacional.
Pero es en este contexto que el gobierno mexicano que preside Vicente Fox anuncia su decisión de retirarse del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), al cual recurriera después del 11 de setiembre Washington para alinear el continente detrás de la lucha contra el terrorismo fundamentalista.
Ya días antes del ataque al Pentágono y las Torres Gemelas, Fox había anunciado su intención de renunciar al TIAR por considerarlo un instrumento no eficaz para la región.
Lo curioso es que Fox --que se caracteriza por ser el presidente mexicano más pronorteamericano de las últimas décadas-- realiza un anuncio aparentemente contrario a los intereses de los EE.UU. frente al conflicto con el terrorismo, justo días antes del primer aniversario del 11 de setiembre.
Tanto el PRI como el PRD, los dos partidos opositores mexicanos, han apoyado el anuncio de Fox, con argumentos que reivindican el no alineamiento tradicional de la política exterior mexicana, históricamente reacia a sumarse a las iniciativas de Washington, la disposición constitucional que no permite a las Fuerzas Armadas mexicanas salir del propio territorio y el argumento de que la renuncia al TIAR evitará al país comprometerse con la política norteamericana en materia de lucha contra el terrorismo internacional, al que consideran un conflicto ajeno al país.
México es un país muy importante en América latina y es además el socio comercial más importante de los EE.UU. en la región y acaba de plantear nada menos que el replanteo del sistema de seguridad regional, al cumplirse el primer aniversario del 11 se setiembre.
Más allá del debate sobre alinearse o no con Washington --que en este caso no es algo requerido--, América latina debe plantearse, a partir de la iniciativa mexicana, si frente al hecho de que la región ha perdido importancia relativa en la agenda de seguridad internacional, no es el momento de reorganizar un sistema propio, que responda a las nuevas realidades y necesidades regionales, frente a un hemisferio norte --EE.UU., Europa, Asia--, cuya dramática problemática lo hace hoy estar muy lejos de América latina.

* Director del Centro de Estudios Nueva Mayoría.

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La caída del Estado nación

Por José Pablo Feinmann
En algún lugar del libro de Huntington sobre el choque de civilizaciones se afirma que, durante la Guerra Fría, las guerras entre las superpotencias se dirimían en otros territorios, en espacios ajenos a los verdaderos contendientes. Esos espacios fueron básicamente los del Tercer Mundo. El atentado a las Torres lleva la guerra al corazón del Imperio y ---herido en su orgullo, en la centralidad de su poderío militar y económico-- el Imperio lleva la guerra a todo el planeta, la universaliza. Desde el 11 de setiembre, todo el planeta es territorio de conflicto para los EE.UU.
El concepto central que se elabora es el del "terrorismo", que tiene una amplitud que surge de su ambigüedad. Terroristas no sólo son los terroristas sino los países que los cobijan o que pueden potencialmente prestar o ceder (aun sin saberlo) sus territorios a ese ubicuo enemigo. Así, EE.UU. asume para sí el derecho de intervenir donde sea necesario, dado que asistimos, por primera vez, a una guerra verdaderamente mundial: no hay neutrales. El lenguaje de Bush (que incorpora, no tan curiosamente, las desmesuras de El Corán) señala a sus enemigos como "el mal". Habla, sobre todo, del "eje del mal" (Irak, Irán y Corea del Norte), pero ese eje puede reproducirse en cualquier territorio. De hecho, la triple frontera que forman Argentina, Paraguay y Brasil podría, en cualquier giro de la paranoia belicista de EE.UU., encarnar la versión sudamericana del "eje del mal", o éste podría tener ahí una súbita encarnación, lo que justificaría una intervención de las tropas norteamericanas sin dilación alguna, ya que la hipótesis de guerra planetaria le entrega al Imperio la potestad de intervenir impunemente donde sea necesario. Se trata de una guerra entre Civilización y Barbarie, en la que se está con la Civilización o se es cómplice de la Barbarie; eso que Bush expresa muy gráficamente cuando dice "con nosotros o contra nosotros".
Lo primero que surge de esto es un debilitamiento considerable en la soberanía de los Estados. Si el Estado nación venía agonizando por las embestidas de la globalización mercadista, el belicismo post 11 de setiembre le ha propinado su golpe de muerte. Ya no hay fronteras. El Imperio intervendrá militarmente donde sea necesario hacerlo, y para ello se basará en sus propios criterios, sin importarle el punto de vista de los Estados nacionales, quienes, si reclaman por la autonomía de su territorio, estarán poniéndose del lado del terrorismo al entorpecer las acciones de las fuerzas del "bien".
De modo que una primera y grave consecuencia para nuestro país radica precisamente ahí: caídas las Torres han caído (o se han debilitado casi por completo) las soberanías de los Estados. La lucha del Imperio es una y esa lucha no reconoce fronteras. Se deriva de esto la presión en el campo económico. Si los agredidos el 11 fueron Wall Street y el Pentágono, nada es más coherente que se unan en la misma lucha. Wall Street reforzará el expansionismo guerrero imperial apoyando financieramente a aquellos países que se sometan a los arbitrios del generalato norteamericano. Si quieren dólares, no les cierren ni por asomo las fronteras a nuestras santas tropas en su santa guerra. Duhalde lo ha comprendido así, y ya que se trata de uno de los mandatarios más sedientos de los dólares del FMI será, coherentemente, quien menos resistencias ponga a la militarización imperial del país. Abrirá las puertas a los marines y les entregará todas las libertades, todas las impunidades que requieran.
Un gobierno que se oponga a esta colonización abiertamente militar deberá enfrentar --en el plano económico-- al FMI, ya que será condición de sus préstamos la apertura al belicismo antiterrorista. No sería raro que un país que se niegue a la instalación de tropas santas en su propio territorio sea calificado de país proterrorista. Será una calificación aún más dura que la de riesgo país. En suma, de aquí en más el Imperio ofrecerá la ayuda de Wall Street al precio de que se acepte también la libre instalación de las tropas del Pentágono en el territorio nacional, que de nacional cada vez tendrá menos. Son los tiempos que se vienen, son los tiempos que ya están, es la política militar y financiera que (en su guerra planetaria antiterrorista) impone la administración Bush.
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Los problemas que aún existen pese al 11-S
Paul Kennedy. LOS ANGELES TIMES Y CLARIN.
 

 
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Al conmemorar los dramáticos y horrorosos acontecimientos del 11 de septiembre del año pasado, los diarios, la televisión, la radio y los discursos públicos se combinan para recordarnos que ese día marcó una divisoria de aguas en la historia mundial. Los EE.UU., nos dicen, nunca volverán a ser los mismos.
Nuestras nociones de seguridad y amenaza cambiaron. Nueva York cambió. Las relaciones entre EE.UU. y muchos otros países se vieron modificadas de forma significativa. Por ende, el mundo modificado del siglo XXI no comenzó con los festejos del milenio, el 1ø de enero de 2000, sino con los atentados terroristas contra el país más poderoso del planeta. Nos encontramos hoy en una nueva era.
En realidad, sí y no. Para las familias de quienes murieron en las Torres Gemelas, la vida nunca volverá a ser la misma. La línea del horizonte del bajo Manhattan se vio alterada de forma permanente. El lugar en la historia del alcalde Rudy Giuliani está asegurado, al igual que el de Osama bin Laden. La forma como subestimábamos al terrorismo es algo que desapareció para siempre, tal vez. EE.UU. perdió también su sensación de relativa seguridad. Es mucho lo que cambió.
Pero, con la perspectiva que dieron los últimos 12 meses, resulta más sencillo ver cuántas cosas no cambiaron desde ese día
y recordar de paso los desafíos presentes para que no se los pierda de vista en esta era de la "guerra contra el terrorismo".
Pensemos, si no, en algunas de las tendencias mundiales más elementales. La población mundial siguió aumentando el año pasado, tal como ocurrió en los últimos 6.000 años, o más. De hecho, agregamos aproximadamente 73 millones de bocas a nuestro planeta en los últimos 12 meses; la mayoría de ellas en el mundo en vías de desarrollo. Se registraron 118.800 nacimientos de nuevos palestinos a pesar de las bajas ocurridas por la Intifada. Los nacimientos paquistaníes andan por la masiva e inexorable cifra de los 3.625.000. En cambio, la Rusia de Vladimir Putin siguió achicándose. Un único día de atentados terroristas no podría haber afectado estos datos demográficos globales.
El 11 de septiembre tampoco modificó el tratamiento ˇo maltratoˇ que dispensamos a nuestro medio ambiente. Desde hace varias décadas, los científicos nos advierten que nuestras actividades están dejando una huella demasiado pesada sobre la Tierra; que las temperaturas están subiendo, los casquetes polares se están derritiendo, los bosques se están marchitando y los océanos están perdiendo peces.
¿Están dispuestos esos norteamericanos que invierten miles de millones de dólares en "seguridad interna" a deshacerse de sus enormes autos para manejar vehículos más pequeños y económicos, a reducir su cuota de consumo de la energía mundial (28%) y a no depender más del petróleo extranjero? Desde ya que no. El país se opone todavía al Protocolo de Kioto.
¿Qué otra cosa no cambió en el último año? Bueno, el déficit comercial de EE.UU. sigue aumentando hasta llegar a un nivel que una década atrás hubiera sido considerado peligroso. Sin embargo, hay muchos economistas y agentes de bolsa que creen, tal como antes del 11 de septiembre, que EE.UU. puede desafiar las leyes de la gravedad económica.
Y ¿qué sucede con el resto del mundo? Aquí, de hecho, la cuestión de la continuidad se vuelve aún más fuerte. La Unión Europea, por ejemplo, se ha estado consolidando de forma constante desde el punto de vista político e integrando desde el punto de vista económico. Como no puede alcanzar a EE.UU. en poderío militar y porque en Afganistán se mantuvo básicamente a un costado, el progreso de Europa apenas si es notado por la mayoría de los norteamericanos. Con los planes que tiene para incorporar nuevos miembros y si el uso del euro se profundiza, lo que se ve aquí claramente es una tendencia que no conoce ninguna divisoria de aguas a partir del 11 de septiembre de 2001.
Desde hace décadas ya, Latinoamérica osciló entre la esperanza y la desesperación. En estos momentos, buena parte de Sudamérica vuelve a estar en problemas una vez más. El monto de la reciente ayuda a Brasil da muestras del miedo que tiene el FMI respecto de la precariedad de las cosas. En el caso de Argentina, las condiciones internas son realmente terribles y el contagio se extendió ya a Uruguay. En algunos países centroamericanos la pobreza se agrava. En Estados Unidos, si algo hicieron los atentados del 11 de septiembre fue ubicar a estas preocupantes tendencias a un costado de nuestra atención.
Hace un año, o más tal vez, Pakistán y la India blandían sus armas por Cachemira. Nada cambió allí. Son varios los problemas que aquejan al mundo árabe desde hace décadas. Japón siguió debilitándose, tal como lo hace desde hace 10 años. La economía china, en cambio, creció otro 7 %, al igual que su poderío militar.
¿Qué estamos diciendo entonces? Los familiares de las víctimas merecen que se recuerde este día y EE.UU. tiene el derecho a perseguir a los asesinos. Pero como ciudadanos de este complejo, desigual y conflictuado mundo, también tenemos el deber de mostrarnos abiertos frente a otros problemas humanos y de luchar por soluciones compartidas.