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LA ACTUALIDAD
14 de Marzo de 2002
     
EL PAISAJE DE LA GRAN REBELIÓN.

Claudio Katz

Un estado de rebelión popular se ha instalado desde hace dos meses en todo
el país. Manifestaciones semanales a la Plaza de Mayo, cacerolazos
sistemáticos en las puertas de los bancos, reuniones en los barrios,
asambleas generales en Parque Centenario y protestas frente a Tribunales
forman parte de un calendario habitual de movilizaciones.

En el Gran Buenos Aires los piqueteros cortan las rutas y organizan marchas
multitudinarias. En Chaco, Salta, Jujuy, Neuquen y Córdoba, pocos días
transcurren sin enfrentamientos callejeros con la policía y en algunas
ciudades de la pampa gringa como Casilda se registraron impensables
sublevaciones. Luego del derrocamientos de dos presidentes, el levantamiento
popular continúa y es el dato dominante de la situación política.

La rebelión ha modificado la geografía de la City y de sus bancos, ahora
tapiados con protecciones metálicas contra los cacerolazos. La irritación
>popular es visible en cualquier individuo que toma la palabra frente a algún
micrófono o en el descontrol de un ahorrista que concurre a exigir la
devolución de sus depósitos con una granada. La actividad militante se
extiende y abarca desde los invasores de los bancos hasta los padres de los
chicos asesinados en Floresta.

Los cacerolazos que estallan cuando un ministro hace anuncios y las
manifestaciones que comienzan a la medianoche y se prolongan hasta el
amanecer han convulsionado la vida cotidiana. Pero lo más significativo es
el desemboque organizativo de estas acciones en organismos piqueteros y
asambleas caceroleras.

PIQUETES Y CACEROLAS.

El avance organizativo recoge varios años de experiencia de lucha de los
desocupados, que han transmitido a otros sectores populares los métodos de
la estructuración por abajo, debate democrático y acción directa. Sus cortes
de calles han ganado además mayor aceptación y podrían obtener la
legitimidad que conquistaron en el pasado las huelgas. La gravitación de los
piqueteros se refuerza a medida que se expande la pobreza y se masifica el
desempleo, ya que contar con un plan trabajar o un subsidio de 120 pesos se
ha vuelto una necesidad imperiosa para un tercio de la población. Los
piquetes se afirman como pilares de la vida social ante el derrumbe del
asistencialismo estatal-eclesiástico y el completo abandono de los
desocupados por parte de la burocracia sindical.

En este proceso el movimiento piquetero tiende a superar su vieja raíz
puramente municipal y rompe su dependencia de los punteros justicialistas.
Por eso, Duhalde trata de reconstituir estos lazos clientelares mediante
žplanes socialesÓ que se financiarían reduciendo los sueldos estatales. Pero
el gobierno carece de los fondos necesario para esta tarea y afronta,
además, la radicalización de la protesta de los desocupados. Junto a las
direcciones más conocidas vinculadas a la CTA y a la CCC ha surgido ahora un
Bloque Piquetero Nacional, que agrupa a las corrientes más combativas y
vinculadas a la izquierda.

El avance piquetero converge con el surgimiento de las asambleas populares
barriales, que se conformaron como centros de organización de las
movilizaciones y debate de alternativas frente a la confiscación de los
ahorristas. Las asambleas se multiplicaron de manera vertiginosa en la
Capital Federal y ahora se están extendiendo al Conurbano. En los barrios se
discute todo. Desde las tareas para el escrache semanal hasta la forma de
implementar el no pago de la deuda externa. Se está descubriendo la
importancia de la acción callejera y el valor de la solidaridad y la
intervención colectiva. Hay vecinos que consiguen descuentos para las
boletas de luz, y otros que empadronan a los desocupados, reflotan la
actividad comunitaria o impiden el desalojo y remate de pequeños comercios.

Las asambleas interbarriales de Parque Centenario constituyen una
experiencia inédita de Parlamento Popular, que reune a miles de vecinos.
Durante horas, los participantes deliberan, votan, aplauden o desaprueban.
Coordinan acciones con los piqueteros y apoyan a los trabajadores en
conflicto. En estas actividades recuperan energías muchos luchadores del 70
y se entusiasman los jóvenes que ingresan a la acción política.

La organización de piqueteros y asambleístas expresa una resistencia a la
degradación social provocada por cuatro años de depresión económica. Se
apunta a forjar una alternativa de lucha frente a la pobreza, la mendicidad,
la delincuencia y la caída del nivel de vida. Los organismos surgen también
frente al desmoronamiento de las funciones sociales básicas del estado y por
eso son el ámbito de discusión de soluciones para los hospitales sin
insulina, las farmacias sin antibióticos y el desabastecimiento general de
remedios que provocar los laboratorios para especular con los aumentos de
los precios. Las asambleas se enfrentan al colapso educativo y debaten como
asegurar el funcionamiento de los comedores escolares, contrarrestar la
deserción y convertir a los colegios en centros de apoyo barrial a la lucha
docente.

Los vecinos se rebelan frente a la hecatombe de las funciones
administrativas del estado (obtener cualquier documento es una odisea) y el
desplome de los servicios privatizados por la quiebra de los concesionarios
(ferrocarriles), el derrumbe de la cobranza y el deterioro intencional que
provocan las empresas presionando por mayores tarifas.

La irrupción de las asambleas marca el debut de una resistencia de largo
alcance, cuya evolución no está sujeta al resultado de cada movilización o
>al grado de concurrencia a cada reunión. Quizás la lucha de los vecinos
derive en la formación de un movimiento consolidado como los piqueteros.
Pero su desarrollo está directamente conectado con el curso de una crisis,
cuya gravedad está ilustrada por la discusión periodística que se ha
entablado en torno a la posible ždesaparición de la ArgentinaÓ.

Esta reflexión no es un entretenimiento metafísico, porque existen
antecedentes históricos de fracturas nacionales en casos comparables de
desintegración social. Cuándo la gobernación de San Luis imagina la creación
de una república independiente concibe el mismo escenario catastrófico que
los empresarios preparados para escaparse en helicópteros mediante fugas de
emergencia. Si la crisis alcanza esta dimensión, las formas de resistencia
que se están creado podrían desarrollarse como modalidades de poder popular.

UN ESCENARIO INÉDITO.

La protesta cacerolera ya se ha extendido a las caras más visibles del
régimen actual, que son los políticos radicales, peronistas y frepasistas.
De este repudio no se salva ninguno. Primero debía ocultarse Cavallo y
refugiarse De la Rúa. Luego Barra tuvo que escaparse de un shopping y Fayad
de un restaurante. Posteriormente, tampoco Ikonicof y Caviglia pudieron
seguir caminando despreocupadamente y ahora a Ruckauf lo insultan en los
vuelos internacionales, Alfonsín tiene que trompearse con los manifestantes
en la puerta de su casa y a Cafiero lo increpan en un supermercado. La
diputada Rubini responde con disparos, los amigos de Jaroslavsky disimulan
su velatorio y Alasino y Nofal optan directamente por la renuncia.

¿Por qué a mi? se preguntan los políticos del régimen, sin entender que los
escarchan los votantes primero defraudados y luego indignados con el
cogobierno radical-peronista. Alfonsin genera rechazo tanto por el Pacto de
Olivos como por el sustento explícito a Duhalde. Por eso, la exigencia de
žque se vayan todosÓ, abarca ža todosÓ, puesto que surge de una experiencia
de dos décadas de frustraciones que no se desactivará con la farsa de
reforma política que el presidente ha inventado para tornar al sistema
vigente más elitista y dependiente de los grupos empresarios que financian a
la UCR y el PJ. La indignación popular ha estallado justamente contra este
tipo de maniobras gatopardistas que el autista Duhalde reproduce del autista
De la Rúa.

Cómo ha ocurrido en todas las revoluciones, el pueblo en la calle repudia a
los símbolos del régimen y no sólo a sus representantes políticos más
conocidos. Los jueces cortesanos juegan con fuego al demorar su renuncia,
esperando garantías, cargos y embajadas. Después de haber elogiado a Duhalde
y criticado a los cacerolazos, tampoco Daer y Moyano pueden tomar café
tranquilos y sin guardaespaldas. El desplome es profundo porque los dos
pilares históricos del sistema político nacional están perdiendo sostén
popular. Con De la Rúa el radicalismo se ha convertido en un cadáver entre
la clase media y Duhalde  puede provocar un eclipse equivalente del
peronismo entre los trabajadores. Cómo intuye esa posibilidad, duda ante
cada paso y no se decide por ninguna contraofensiva coherente. Por eso las
marchas de apoyo montadas por el aparato sindical y provincial que
finalmente aprobó carecieron de significación.

Ocultar esta realidad con manipulaciones televisivas se ha vuelto más
difícil frente a la reacción popular contra los medios de comunicación, cuyo
nivel de credibilidad ha caído vertiginosamente. La rebelión ha refutado
abruptamente las sofisticadas teorías mediáticas que anunciaban el fin de la
política callejera y su reemplazo por spots publicitarios.

Pero el sector más enfurecido con la nueva realidad política del país es la
derecha, cuyos exponentes no ocultan el odio que les despierta la irrupción
popular. Están irritados con las asambleas žcopadas por extremistasÓ (La
Nación), manejadas por žvándalosÓ (F.Luna) y orientadas por žpasiones
anárquicasÓ (N.Botana). La vieja elite ha resucitado el anticuado lenguaje
oligárquico para expresar su malestar, porque los pensadores de la clase
dominante perciben que existe un clima de žrevolución socialÓ (R.Terragno),
semejante a žla revolución francesaÓ (M.Grondona), a partir de una ruptura
sin precedentes žentre la política y la sociedadÓ (R.Fraga).

Los hombres del gran capital están atemorizados frente a la evidente
imposibilidad de recurrir en lo inmediato al tradicional expediente del
golpe militar. Algunos empresarios ya sondean a la cúpula del ejército y
sueñan con žrestaurar el ordenÓ con Lopez Murphy o mediante alguna
žfujimorizaciónÓ de la mano de M.Macri o De la Sota. Pero con la estructura
bélica deshecha, los gendarmes empobrecidos y los viejos genocidas
desprestigiados, una aventura golpista tiene más posibilidades de precipitar
hoy una revolución abierta que de instalar una dictadura.

Además, la rebelión ha reforzado la conciencia democrática y la lucha contra
la brutalidad policial. Por eso, Mathov, Santos y otros seis comisarios
responsables de los asesinatos del estado de sitio están presos, mientras
que el propio De la Rúa espera con temor el resultado de los procesamientos.
En estas condiciones, Duhalde prefiere evitar las confrontaciones abiertas y
por eso los provocadores desaparecieron últimamente de las manifestaciones.

La clase dominante promueve una represión más subterránea y para-estatal con
las patotas peronistas atacando a la izquierda en el Congreso (durante la
asunción de Duhalde) y a las asambleas barriales (en Haedo). Por eso
mientras, la policía encubre el asesinato de un piquetero en Echeverría y
reprime brutalmente a los docentes bonaerenses, los jueces mantienen en
prisión a Ali y procesados a 2500 luchadores sociales. Por ahora rige la
estrategia de tensión: provocar y retirarse ante el temor que despierta una
reacción popular mayor. Pero si los matones ganan terreno avanzarán en su
objetivo de perpetrar un baño de sangre.

Quiénes han registrado con mayor nitidez la dimensión de la sublevación en
curso son los voceros del imperialismo, que le han puesto la cruz a un país
žingobernableÓ por la rebeldía popular. La catarata de insultos que los
funcionarios del Departamento de Estado le destinan diariamente a la
Argentina no obedece al default, ni al fracaso de la convertibilidad, sino a
la presencia de una revuelta que el gendarme norteamericano no tolera,
especialmente en su patio trasero. Por eso proclaman que el país es una
žsociedad desorganizadaÓ (P. O´Neill), que ždeberá sufrir ž( Kohler desde el
FMI), ya que žmerece ser tratado como una república bananeraž (W.S. Journal)
hasta tanto no imponga la žcaída de los salarios a un tercio de su valor
actualÓ (R.Dornbusch).

El Departamento de Estado seguramente ya está concibiendo escenarios de
acciones más directas ante el peligro de un mayor impacto internacional de
la protesta. La creencia que la žArgentina no interesa en el mundoÓ porque
es un žpaís remoto... sin insumos esenciales... ni capacidad de dañoÓ en el
sistema mundial (C.Escudé) es una ilusión tranquilizadora de diplomáticos
que analizan las relaciones geopolíticas al margen de las conmociones
sociales.

TRANSFORMACIONES EVIDENTES E IGNORADAS.

La misma hostilidad que vecinos y piqueteros manifiestan contra los
políticos del régimen expresa esta gente contra el movimientos popular. La
primera pose de demagogia comprensiva ya ha sido sustituida por la exigencia
de orden. žAquí no se puede tolerar la sedición...y el asambleismo caóticoÓ
>proclama el adalid de la democracia, Alfonsín, tramando algún recurso para
proteger la corporación política del régimen mediante la aplicación de mano
dura contra los manifestantes.

Lo que más molesta a los arquitectos de un régimen de expoliación del pueblo
que fue enmascarado con la envoltura de la democracia representativa, es la
popularidad alcanzada por las formas de democracia directa de las asambleas,
que se organizan para luchar y no para digitar diputados truchos, ni para
negociar coimas a cambio de leyes privatistas. Quiénes han actuado
pidiéndole la venia a los banqueros ahora recuerdan que žel pueblo gobierna
a través de sus representantesÓ, es decir a través de mecanismos que ahogan
la deliberación, impiden la revocabilidad y aseguran el ejercicio del poder
efectivo a una burocracia financiera, judicial y administrativa, que
implementa los decretos requeridos por los grupos capitalistas. Después de
haberle otorgado plenos poderes a Cavallo, avalar la Corte y ascender
militares genocidas, los políticos del régimen cínicamente proclaman que las
asambleas no tienen derecho a exigir žque se vayan todosÓ.

Algunos analistas interpretan que esta última petición es ždemagogia
antipolíticaÓ (E.Mocca), como si la forma de representación burguesa que ha
regido en las últimas décadas para asegurar el dominio de los acreedores,
las privatizadas y los grupos industriales constituyera un ejemplo de
servicio a la comunidad. La población comienza a deliberar y actuar en
asambleas porque ha notado -en el curso acelerado que recibió en los últimos
años- que las instituciones actuales son la vía muerta para cualquier
demanda popular.

Esta desconfianza frente al régimen es muy visible en la  resistencia a
canalizar los reclamos en los Consejos de Gestión y Participación de la
Municipalidad o las comisiones del Congreso. La apuesta asambleísta ahora es
no delegar en ningún diputado, sino actuar colectivamente: qué los
legisladores en todo caso concurran a las asambleas y demuestren en la
acción de qué lado se ubican. Esta postura lejos de expresar el ždelirio
fracasado de las experiencias de democracia directaÓ (JJ Sebrelli) indica
cierta percepción de que la soberanía popular choca con la dominación
capitalista. Muchos vecinos comienzan a comprender que mientras el Citibank,
Repsol y Perez Companc detenten los resortes del poder, la democracia será
una quimera. Y por eso avanzan por nuevos caminos.

Pero como esta búsqueda es contradictoria con cualquier proyecto de
renovación de la partidocracia (especialmente la construcción de la
žrepública de capitalismo sanoÓ que fantasea E.Carrió), muchas voces del
régimen se alzan para denunciar que el žasambleismo favorece a la derechaÓ
(F.Storani) y žalienta las ideas violentasÓ (J.Vitar). En este alegato, los
políticos que llevaron al gobierno a De la Rúa se olvidan que los planes de
ajuste y el estado de sitio surgieron de sus gabinetes y no del Parque
Centenario. El fantasma de la derecha que resucitan ha sido siempre el
pretexto predilecto para sostener a los reaccionarios realmente existentes y
ahora es utilizado para justificar el cogobierno con Duhalde.
Afortunadamente un importante sector de la población ya descree de estas
ficciones y percibe que los devaluacionistas son tan nefastos como los
dolarizadores y que los empresarios licuadores son tan explotadores como sus
socios del FMI.

Esta evolución política de grandes sectores de la clase media junto a su
convergencia en la acción con los piqueteros irrita especialmente a los
pensadores mediáticos del menemismo, que se quejan del žinfantilismo
colectivoÓ de las protestas (J.Asis). Pero también hay muchos críticos
progresistas de la presencia en las marchas de žgerentes que esclavizan a
los trabajadoresÓ (M.Giardinelli). Y tampoco falta el comentario irónico
contra los ždamnificados que no son oprimidosÓ, ya que sólo exigen la
devolución sus plazos fijos.

El tono de estos cuestionamientos es bastante semejante al que insinuaron
Daer y Moyano para romper la unidad de lucha que se ha construido en un país
históricamente fracturado entre la clase media radical y la clase obrera
peronista. Qué esta división en vez de reaparecer ­como ocurre actualmente
en Venezuela- comience a disolverse, sólo puede entristecer a los
nostálgicos del menemismo y la Alianza, cuyo alternancia en el poder siempre
se apoyó en esa división.

Los cambios que se están produciendo en la acción y en la conciencia popular
sorprenden a quiénes siempre observaron a la Argentina como un caso perdido
de inmovilismo político. Pero estas transformaciones también resultan
incomprensibles dentro del molde invariablemente pesimista que se forjó
junto a la dramática regresión social, o en el marco del  discurso
denigratorio que predomina entre los pensadores hostiles a la lucha popular.

Entre estos últimos analistas se ha vuelto habitual declarar que žlos
argentinos no servimosÓ. Antes explicaban que žfracasamos por el estatismoÓ,
pero ahora postulan que el estancamiento constituye una tara nacional.
Algunos declaran que la žArgentina no tiene capacidad de transformarse y
tomar decisiones porque..es poco competitivaÓ (A.Touraine) y otros descubren
que žhay algo en la historia y la cultura del país que hace inviable el
crecimiento económicoÓ (RJ Samuelson). Estas increíbles vulgaridades tienen
gran difusión porque expresan el estado de ánimo de la clase dominante, que
no es el mismo de los asambleístas y piquetes que festejan el Carnaval,
comparten la energía de la movilizaciones y comienzan a recrear el tipo de
cultura crítica que configuró al mayo francés. Acercarse a ellos permite
conocer otro futuro posible.

LA DINÁMICA SOCIAL DEL LEVANTAMIENTO.

El alcance de la rebelión actual está dado por la convergencia de los
desocupados y la clase media, en movilizaciones protagonizadas por la
juventud con un trasfondo de resistencia obrera.

Algunos compañeros estiman, sin embargo, que en esta batalla la clase obrera
está ausente y žno se presenta como claseÓ (R.Astarita), sin tomar en cuenta
la escalda de huelgas que precedieron y alimentan la lucha actual. A pesar
del desempleo, el nivel de acatamiento de cada convocatoria al paro general
mantiene los índices históricos del país y supera la repercusión que estos
llamados tienen habitualmente en la mayor parte de los países.
Particularmente los gremios estatales se encuentran en estado de
movilización permanente desde hace un largo tiempo y son la vanguardia de
muchas movilizaciones. La continuidad del ajuste presupuestario y
especialmente la intención oficial de desdoblar el pago de sueldos tiende a
reforzar este rol determinante de los estatales en la lucha actual.

Es cierto que la clase obrera industrial socialmente debilitada por dos
décadas de desarticulación productiva no está jugando el papel definitorio
que cumplió en el Cordobazo o la huelga del 75. Pero este hecho sólo expresa
un cambio en la dinámica de la batalla social y no el reflujo de la
resistencia. Es incorrecto suponer que el curso de la lucha de clases debe
reproducir las formas del pasado, sin percibir por ejemplo cómo el
movimiento piquetero organizado en torno a ex dirigentes sindicales retoma y
continúa las tradiciones de la vanguardia obrera.

El levantamiento actual constituye básicamente una rebelión social de las
clases oprimidas contra la expropiación capitalista del empleo, el salario y
los ahorros. Su dinámica está marcada por la intervención de los
trabajadores, los desocupados y la clase media. Este último sector agrupa
mayoritariamente a franjas empobrecidas de los asalariados y profesionales
medios, junto a comerciantes de bajos ingresos y pequeños propietarios.

Describir en términos sociales a los sectores participantes de la revuelta
permite observar las raíces de su antagonismo con la clase dominante. Esta
comprensión de la dinámica de la protesta se diluye en los análisis del
conflicto en términos de žmultitudesÓ, porque este concepto oscurece los
contornos sociales de un levantamiento protagonizado por clases y no
conglomerados indefinibles, amorfos y anónimos. La capacidad transformadora
del desocupado que corta las calles, de los trabajadores que paralizan una
fábrica y de los estatales que ocupan un establecimiento, radica justamente
en una acción de clase y no en un vago comportamiento de multitud (un
término que en la tradición argentina tiene, además, connotaciones
peyorativas). Comprender la dinámica clasista de la confrontación actual
permite por otra parte vislumbrar una perspectiva socialista para la batalla
en curso.

Otros compañeros interpretan la rebelión actual como una žinsurrección
ciudadana.. cuyo nuevo sujeto es el trabajador socialÓ (A.Fanjul). Pero esta
mirada dificulta detectar hasta que punto la protesta es una reacción contra
el encasillamiento constitucionalista de la población, que ha prevalecido
desde 1983. Los žciudadanos- vecinosÓ se han sublevado contra los
žciudadanos-políticosÓ, los žciudadanos-juecesÓ y los
žciudadanos-banquerosÓ, porque bajo la formal equiparación ciudadana subyace
un abismo de intereses sociales. Este es el contenido anticapitalista de un
levantamiento motivado por la expropiación de los salarios y los ahorros,
que aglutina a los viejos sujetos sociales, es decir a todos los segmentos
de la clase trabajadora y sus aliados populares.

Algunos análisis señalan que la localización barrial de la confrontación
actual expresa la extensión de las formas de expropiación capitalistas a
ámbitos más amplios de la vida social. Los desempleados se movilizan desde
su vecindario y los ahorristas desde su punto de encuentro. Pero esta
modalidad no significa que el žpoder de resistencia ha pasado de las
fábricas a los barriosÓ, porque los centros neurálgicos del poder continúan
situados en los lugares de la producción y manejo de los servicios. Sólo en
estos sitios la clase trabajadora puede hacer valer nítidamente su capacidad
de lucha.

Otros análisis de la sublevación subrayan que de las tradiciones de
resistencia nacional tienden a reconstituirse, por ejemplo a través del
grito de žArgentina, ArgentinaÓ que aparece en las grandes marchas
(H.Gonzalez). Y es indudable que existe un profundo sentimiento de rechazo
al despojo de los recursos que soporta el país al cabo de una década de
privatizaciones y žrelaciones carnalesÓ con Estados Unidos. Esta reacción
tiene proyecciones antiimperialistas, pero en un marco de agotamiento del
peronismo como canal de esas aspiraciones, ya que Duhalde gobierna bajo
custodia del FMI manteniendo la herencia menemista de servir a los banqueros
y atacar a Cuba. Este deterioro de los vestigios de nacionalismo
justicialista es la gran diferencia con los 70 y la época de la extinguida
Juventud Peronista. Los jóvenes del cacerolazo son por eso más afines a la
orientación internacionalista de la protesta global de Seattle, Génova y
Porto Alegre que a las convocatorias patrióticas.

EL EMPUJE DE LA IZQUIERDA.

Existen fuertes indicios de la creciente influencia de la izquierda, que es
bien recibida en las movilizaciones y cuyos líderes concurren libremente a
las asambleas sin cargar con la cruz de pertenecer a la žclase políticaÓ. Un
cambio importante se registró entre las primeras marchas signadas por el
žapartidismoÓ y la ausencia de banderas políticas y las movilizaciones más
recientes, dónde ningún militante del PJ, la UCR o el ARI se atreve a
mostrar su afiliación, mientras que todas las corrientes de izquierda
despliegan sus estandartes.

El crecimiento de la izquierda que es reconocido por los funcionarios y
registrado por los medios de comunicación constituye la gran preocupación
>del PJ, que teme una emigración de su base popular. La izquierda puede
comenzar a ser vista como la esperanza del movimiento, ya que es la única
que no participó en ninguna de las frustrantes experiencias de gobierno de
las última décadas.

La izquierda cumplió un papel también determinante en el proceso que
desembocó en la formación del Bloque Piquetero Nacional. Esta influencia
también se nota en las reuniones vecinales, en las plataformas votadas en
Parque Centenario y en los carteles que presiden las manifestaciones de los
ahorristas.

Algunos comentaristas partidarios de la centroizquierda observan con
desagrado este reconocimiento y son particularmente críticos del rol de la
izquierda en las asambleas barriales. Consideran que žconspira contra la
unidadÓ, cuándo en realidad ha liderado la convergencia de los piqueteros
con los caceroleros, en oposición a las viejas y fracasadas alianzas con los
capitalistas nacionales. Otros declaran su rechazo a las žtumultuosas
aprobaciones a mano alzada de enunciados partidariosÓ y los más irritados
opinan que la žizquierda intenta usurpar la rebelión con frases hechas y
manijazosÓ.

Pero ningún crítico parece notar que el curso de las asambleas está más
dictado por la dramática situación del país y la necesidad de buscar
soluciones drásticas que por la influencia de aparatos omnipresentes. Es
falso que una estructura de militantes entrenados engaña a los vecinos con
propuestas que ellos rechazan. No hay ninguna manipulación sino un simple
giro a la izquierda, en la masiva aprobación del no pago de la deuda
externa, la reestatización de las empresas privatizadas y la nacionalización
de la banca.

Algunos objetores se han acostumbrado tanto a la digitación
radical-peronista que atribuyen cualquier modificación de la escena política
a una manipulación de otro signo. No conciben que la politización en curso
se orienta hacia la izquierda. Los militantes que organizan una asamblea,
trasladan carteles, imprimen volantes y recolectan dinero por simple
convicción y no calculando una carrera de comité comienzan naturalmente a
ganarse el reconocimiento de los vecinos que participan de la misma lucha.

En general los partidos de izquierda se han asimilado con el espíritu
asambleario que predomina en las reuniones masivas, dónde se respeta el uso
de la palabra y los tiempos de intervención. Lejos de actuar con žsoberbia,
sectarismo y métodos de estudiantinaÓ como remarcan los partidarios de la
centroizquierda, lo que caracteriza a la izquierda es su distancia del
arribismo que signa la biografía de todos los políticos del régimen,
especialmente durante su paso por el movimiento estudiantil, las
Legislaturas o el Congreso. Cómo ha señalado acertadamente un comentarista,
la verdad es muy sencilla: žlas asambleas no están infiltradas... sino que
sus consignas y producción política son de izquierdaÓ (P. Audivert).

Si la izquierda progresa es porque impulsa la organización piquetera y el
desarrollo de asambleas propiciando sin temor su desemboque en organismos de
poder popular. Su principal diferencia con las restantes fuerzas políticas
radica en la decisión de alentar la existencia de organismos autónomos de
las instituciones del régimen vigente. Estas instancias estuvieron presentes
en todas las grandes revueltas de la historia, aunque sólo en pocas
ocasiones adquirieron la envergadura de un doble poder alternativo a la
clase dominante. Cuánto más se desarrollen actualmente más se afirmarán como
alternativas frente a una crisis eventualmente mucho mayor. No hay una
consigna precisa para recorrer este camino, ni plazos previsibles para su
desarrollo. Pero existen condiciones para impulsar los nuevos organismos y
sobre todo es evidente, la voluntad de la izquierda de estimular ese
desenvolvimiento.

Reconocer este rol es vital para quienes simpatizan con las asambleas žcomo
lugar de amistad y solidaridadÓ, pero temen que su evolución combativa
conduzca a enfrentamientos que žel imperio no permitiráÓ (JP Feinman). Este
peligro indudablemente existe, pero es posible también apostar a que el
nuevo movimiento genere liderazgos capaces de orientar la lucha en
correspondencia con la voluntad y las posibilidades de cada acción. Desde
Parque Centenario no se marchará hacia el Palacio e Invierno, pero desde las
asambleas y piquetes de todo el país se podría comenzar a construir un nuevo
poder popular.

La contribución de la izquierda en este proceso es visible en la
conformación de los frentes unitarios que se están gestando en distintos
planos: autodefensa frente a las patotas duhaldistas, organización de
asambleas barriales e impulso del programa del bloque piquetero. En estas
instancias concretas, así como en el funcionamiento de una mesa de
coordinación se registraron logros significativos en los últimos dos meses.
Y esta convergencia ha sido posible porque lejos de žesconderse bajo la
camaÓ como pensó algún desubicado (J.Petras), la izquierda se ha situado en
la primera línea del levantamiento popular. Este es un dato significativo
del paisaje de la rebelión.

Buenos Aires, 5 de marzo de 2002
 
 

 


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